Buena gente, gente buena

En la ausencia de máscaras
nos adivinamos hermanos.
Enarbolamos defectos como bandera.
Y felices, tras saciarnos
de estrellas y nubes,
escondemos los colmillos
bajo el labio, con familiaridad.

Fuera, el mundo ruge.
Nos pide la vida
pagar peaje por esta paz
extraordinaria.
Nuestros cuerpos,
la piel, la luz,
la última meta y barrera.

Es preciso acallar
la paz de los buenos,
el silencio justo
de los inconformistas.
No vaya a ser que alguien
nos descubra
y nos señale con el dedo.

Forzados a regalar paz
solo a las almas que sobreviven
una, dos guerras.
No puede haber descanso
para los pacifistas,
ni perdón o absolución
para los omnipotentes de corazón.

Nuestro sino, es pues,
convertirnos
en los desheredados de Dios,
en los descastados
del rebaño.
Buena gente, gente buena,
pero solos.

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Dios dirá

«Compré mi casa cuando aún era alguien. Mi familia me tiene vigilada. No me dejaron entrar en la habitación. No, no puedes entrar en esa habitación. No insistas».

¡Cuántos vecinos!, musita minutos después la señora sentada junto a mí en el autobús. Su mirada perdida en la gigantesca mole que vigila el Manzanares desde Puerta del Ángel. Muchos vecinos, sí. Muchas personas. Quién sabe, ella podría haber vivido ahí en su juventud o en su madurez, cuando aún recordaba quién era y adónde quería llegar. Ahora, sola, abrigada hasta las cejas  con su bufanda gris y sus guantes de lana, bajo el sombrero de fieltro negro se acomoda en el autobús que pasó primero por su parada. El que le pareció más fácil para subirse en él. El que llegaba más a ras de suelo para no tener que valerse de su bastón, y Dios dirá.

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Elogio del deshacer

Mi mundo interior es un desierto.
Mi mundo interior no tiene olas.
Ni capullos, ni libélulas.
Mi mundo es un erial.

Renacuajos, paz, sol bajo las piedras.
Se impone fuera un eco de grillos,
un verano que se agota,
la fatiga al respirar.

Desayuno con licor las prisas de ayer.
Nutro mi corazón, que no sabe de horarios.
Hoy no haré nada,
hoy dejaré de latir.

De repente, la voz del último silencio.
El deseo de todo y nada, súbitamente.
Ansia por deshacer
todo lo por vivir.

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Lomo de dragón

Toda ella es una curva serrada,
dientes viejos de sonrisa precoz,
boca que todo lo engulle y que nada oculta.

En ella cada camino es un desvío,
una invitación a mirar lento,
a respirar antes de caer en su mordida.

Esta bestia te atrapa en su centro,
corazón vetusto de lava y alma negra,
para cargarte después en su lomo de dragón.

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10 minutos

Me faltan 10 minutos de tiempo.

Le sobran excusas al reloj,
aceite a las manecillas,
orden a los números romanos.

Rezo para que la tierra pierda fuelle
en su rutinario giro,
y que el sol decida echarse una siesta.

También le faltan nubes a los colchones
y alfileres al desierto.

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