Desmochada

La ciudad despertó de la siesta
envuelta en una gruesa polvareda.

De sus alturas poco o nada quedaba,
un silencio marchito, no más.

Hasta la dehesa llegó el eco de las piedras,
huérfanas de madre y señor.

Las acompañaban en su sollozar
cigüeñas volando a ras de tierra.

Cerca del cielo, la herida se lamía los huecos.
Nadie se atrevió a tañer las campanas.

Cada casa, un escudo, una familia.
Pero aquel día la torre se supo una, y mujer.

La ciudad se desperezó triste pero en paz,
en la quebrada calma de sus restos de torres.

Torre mocha,
mujer rota,
deshecha.

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Sin embargo

Pareciera que vago,
sola y desconsolada,
por la vida y por las calles.

Pareciera que respiro
algo que se le parece
al aire, al viento de Lavapiés.

Pareciera que estoy,
entera de piel y huesos,
mientras las huellas me siguen.

Pareciera que vuelo
en las horas sin amparo,
bajo músicas y nubes de cristal.

Y sin embargo
nada de lo que parece es,
ni pasos o viento, ni mi tiempo aquí.

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Lo que queda de esta soledad

Se me murieron todos los regazos.
Estiro la mano entre las sábanas
hasta alcanzar el vientre de la ballena,
suave, caliente, húmedo.
Me hundo.

Dos mundos discuten tras la pared;
si cierro los ojos las voces me miran.
Me hago una y fuerte con el océano feroz.
La sal conserva la memoria
de las olas.

No seré la estrella a punto de morir,
ni uno de los colores en tu iris de mar.
No seré yo quien persiga estelas de fuego,
futuros incandescentes,
signos del azul.

He dejado abierto el corazón al frío,
a quien primero quiera entrar, y arrasar
—al viento, a la lluvia, a cometas de otro tiempo—
con lo poco que queda
de esta soledad.

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Somos dos

Somos, por lo menos, dos
ocupando más espacio,
rabiosamente estupendos,
o haciéndonos chiquititos,
insignificantes,
sombra y luz,
en la oscuridad del alma
o en la claridad de la piel.

Pensar desde la dualidad
no ayuda a posicionarse,
tampoco a levantar el vuelo.
Tiempos pasado y futuro,
insensibles,
parciales,
grisean el cariz del presente,
fiscales contra seres fugaces.

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Cuaderno de bitácora al interior

He dejado el batiburrillo de átomos que amo sobre la cama. He cerrado a medias la casa. Todo parece estar en orden. Todo menos mi alma.

Este caos amigo me acompaña y me fatiga desde hace días. La luz se filtra por momentos. Todo va a salir bien, parece suspirar la grieta.

Intento respirar el calor tras la ventanilla del avión. Por encima de las nubes debe vivir Dios, o quizás la fe que me falta. Permaneceré atenta.

El murmullo del viento me arrulló hasta dormir. Cuánto echo de menos el latido de un corazón. Todo el silencio del mundo y tu palpitar.

En el avión, la niña sentada a mi izquierda garabatea sin cesar. Abarrota con su particular mapamundi de objetos la bolsa de papel.

En su centro destaca una nube de gesto adusto que vomita un arcoíris. Un gato, una flor, un croissant, un móvil… El horror vacui postmoderno.

Bajo un reloj, una tirita, un sol y una luna, un retrato de una niña de melena rizada que llora. Ojos negros pintados y repintados con fiereza. Lágrimas sin ojos.

Maniobra de aproximación fallida. De vuelta entre las nubes, que no me han parecido tan suaves en esta ocasión. Miedo. Primera vez que siento miedo en el aire.

El viaje se hace en ocasiones para no pensar. Para recrearse en la ausencia de pensamiento. Y dejarse llevar de un punto a otro. Fuera y dentro.

Ya en tierra, me acerco compulsivamente a lo grotesco. Acaricio gatos cebados mientras desde la verja de la urbanización alguien me observa y se toquetea.

La playa me reconcilia con el mundo. Hoy me entregué al océano en toda mi desnudez. No logro encontrar rastro alguno de mis pecados.

Me gusta cerrar los ojos y no encontrar espejos en mi interior. No hay distorsión. Tampoco verdad. La duda lo ocupa todo. Ni sitio queda para mí.

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Tanto silencio fuera produce ecos en mi pecho. Una tenue luz se ha filtrado sin razón aparente entre las cortinas. Me pregunto si hoy también chispeará.

Me adentro en un camino de labios sinuosos con paredes chorreantes de lava antigua. Suaves y desconocidas como lenguas de dinosaurio. Pienso en la vida dulce y en lo hueco.

La imposibilidad de continuar hace que disfrute la derrota en soledad. Los límites de mi mente son rugosos como las piedras que piso.

El hablar infinito me recuerda lo finito de las emociones. Todo el lenguaje contenido en una lágrima que cae al mar.

La playa dorada se me ofrece desnuda. Hay vigías en lo alto. No hay tiempo para la reflexión. La unión es inminente. Agua y sal.

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Una lluvia inconstante pero aterradora acompaña mi duermevela. No hay maullidos en la urbanización. Soñé con zapatos de papel picado, únicos, ligeros.

Agua por todas partes. Malpaís rebosante de agua. La tierra brilla: marrón, roja, verde y azul. Dibujo mentalmente la línea que se perdió en el horizonte.

Lo privado se torna impúdico. Invitada en la casa de un muerto. Un gran ojo de cristal me mira indiferente. Sabe que no puedo tocarlo.

«Pintando todo el día», escribía César Manrique en su agenda. Y yo, ¿qué hago cada día con toda esta indecisión?

Demasiados pensamientos. Qué difícil es hallarse en soledad. El cielo clarea y vuelvo a la vida. Mi corona de nubes se disipa.

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Mala noche. El vuelo de un mosquito, el murmullo de la noche, tanta agua por drenar. El leve sonido de la vida fuera haciéndose cada vez más presente, imantándome al aire que respirar.

Descubrir, o quizás aceptar, que no me defino por lo que hago, por lo que visto, por lo que pienso, ni por lo que digo. Descubrir que debo desdibujarme.

Sol potente, directo, sin filtros. Sol poderoso llenando vacíos. Secando las lágrimas pasadas y presentes. Sol alimento y sol descanso.

De todos los miedos posibles, el de la soledad es el más silencioso y traicionero. Camina a tu lado, incansable, hasta que te pone la zancadilla.

Noche cerrada, y cada volcán lleva en su cima una luz roja que parpadea. Tres volcanes seguidos logran una extraña coreografía de luces. Guiño rojo a las aves noctámbulas.

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No sabía que la luz te podía invadir de este modo. Luz azul clarificadora y cálida. Todos los idiomas entremezclados en esta babélica claridad.

Azules imposibles se hacen uno en el mar. Manchas de color que, silenciosas, vienen y van. Lámina mutante. Océano espejo.

El cansancio llega sin avisar. Es más fuerte que la sed o el hambre. Un nubarrón sobre la fuerza de voluntad. El cansancio no se frena en su caminar.

De reojo atisbo la oscuridad de mi alma. Hoy ha sido un día luminoso. Por contraste debería sentirme blue, triste, derrumbada, mas solo veo belleza entre mis ruinas.

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Las últimas horas de un viaje suelen ser las de mayor nerviosismo, pero abrir la puerta y recibir una bocanada de aire fresco apaciguó todas mis ansias.

Casa del mar. De cuando tu cabeza está en las nubes y tus pies se transforman en sal. Piedras y gaviotas en las manos.

Decido no poder. Pero me traen de vuelta al camino, al sí, a la posibilidad. El esfuerzo es más mío que suyo. Tengo pánico a este sí, a no estar a su altura.

La despedida es extensa y llena de buenos propósitos. De este lugar me llevo el blanco brillante, el verde olivina, el rojo fuego y el negro malpaís.

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