Labios como almohadas

Que un homenaje nunca fue tan sentido, ni unas ganas tan derrochadas. No se puede negar.

Que ya no hay sombras porque somos todo luz. Que estamos dentro del túnel y ahí nos mojamos.

Que el dolor es guardián de estas cuatro esquinas y nos lame las heridas con fauces abiertas y ojos cegados.

Que somos bellos cuando nos escondemos sobre las nubes. Y qué rápido nos quiere buscar la tierra.

Que es todo tan lento y los besos tan veloces.

Que el sueño nos vela las manos cruzadas y la arritmia de todo lo que palpita.

Que los nombres nos suavizan los huesos y nos liman los recuerdos furtivos.

Que te quedas dentro aunque abra la ventana de par en par. Que me respiras los techos del alma.

Que no es nuevo. Que es añejo este amor. Que llega cansado de vagar los siglos y los océanos.

Que quiero dormir y tus labios son mi almohada.

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Palabras

Redondas y comprimidas como miga de pan entre mis yemas.

Oscuras y acuosas como tus pupilas al mirarme.

Tiernas y simples como beso al aire.

Livianas como caricia de duermevela.

Profundas como voz quebrada.

Atentas como alarma.

Dichas. Recibidas. Devoradas.

En mí. En ti. En nosotros.

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Sábanas

Despertó en el otro lado de la cama. Estiró su brazo izquierdo y allí estaba: la tibieza en las sábanas de horas oscuras de dos cuerpos abrazados. La luz del sol entraba por el este y por el oeste. Rayos reflejados en un caleidoscopio infinito de superficies. La lámpara se balanceaba suavemente hacia la puerta y de vuelta hacia la ventana. Estiró las piernas y el gurruño de cobijas cayó al suelo. Se palpó la piel en busca del epicentro de ese dolor. Ahí estaba, irreconocible apenas entre todos los temblores y espasmos. Se levantó y miró por última vez ese espejo frente a ella. Cual serpiente se arrastró sobre piedras conocidas e intentó mudar de piel. Solo consiguió dejar atrás unas sábanas viejas. Aún hoy estira la mano al dormir en el otro lado de la cama buscando algo de calor.

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Canción concisa

No nos demos la oportunidad.
No seamos libres de pensar.
No actuemos fuera de los límites de la casa.
No nos carguemos el peso del futuro.

Espaldas dobladas. Mentes monotemáticas.
Pensamientos suicidas. Besos en desbandada.

Seamos viejos de espíritu.
Exploremos todo lo que logramos olvidar.
Juguemos una rayuela que no se borre con la lluvia.
Cataloguemos sonrisas en silencio.

Tú dime quién soy ahora.
Yo te diré lo que no quieres conocer.
No me mires hasta que te cierre los ojos.
Despiértame cuando vengas a vivir en mí.

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Alfombra roja

La alfombra roja se hace camino cuando se pisa. Mi sueño es encontrar una persona así, alfombra roja, una reluciente e impoluta, lista para ser caminada. Que me diga que me suba a unos tacones de vértigo y que la recorra. —Así disfrutarás más—. Pero yo eligiré sentir el tacto mullido y obsceno de mi pie desnudo sobre su piel de sangre. Mis pisadas no dejarán huella. El rojo en cambio me inundará. No me moveré. Cerraré los ojos y respiraré la carne que se me ofrece. —Túmbate sobre mí—. Me arrodillaré y la besaré como navegante a tierra firme. —Tienes quince minutos, luego dejarás este lugar a otra—. Y lloraré, y patalearé, y gritaré hasta hacerme diminuta, insignificantemente grana. Una gota oscura. —No te vayas—. Me entretejeré entre sus nudos. Me perderé para siempre. Testigo mudo de nuevas pieles, de otras carnes, de otros silencios, de otras bienvenidas. —Tu tiempo acabó—. De otras estancias efímeras.

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