Buena gente, gente buena

En la ausencia de máscaras
nos adivinamos hermanos.
Enarbolamos defectos como bandera.
Y felices, tras saciarnos
de estrellas y nubes,
escondemos los colmillos
bajo el labio, con familiaridad.

Fuera, el mundo ruge.
Nos pide la vida
pagar peaje por esta paz
extraordinaria.
Nuestros cuerpos,
la piel, la luz,
la última meta y barrera.

Es preciso acallar
la paz de los buenos,
el silencio justo
de los inconformistas.
No vaya a ser que alguien
nos descubra
y nos señale con el dedo.

Forzados a regalar paz
solo a las almas que sobreviven
una, dos guerras.
No puede haber descanso
para los pacifistas,
ni perdón o absolución
para los omnipotentes de corazón.

Nuestro sino, es pues,
convertirnos
en los desheredados de Dios,
en los descastados
del rebaño.
Buena gente, gente buena,
pero solos.

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Elogio del deshacer

Mi mundo interior es un desierto.
Mi mundo interior no tiene olas.
Ni capullos, ni libélulas.
Mi mundo es un erial.

Renacuajos, paz, sol bajo las piedras.
Se impone fuera un eco de grillos,
un verano que se agota,
la fatiga al respirar.

Desayuno con licor las prisas de ayer.
Nutro mi corazón, que no sabe de horarios.
Hoy no haré nada,
hoy dejaré de latir.

De repente, la voz del último silencio.
El deseo de todo y nada, súbitamente.
Ansia por deshacer
todo lo por vivir.

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Lomo de dragón

Toda ella es una curva serrada,
dientes viejos de sonrisa precoz,
boca que todo lo engulle y que nada oculta.

En ella cada camino es un desvío,
una invitación a mirar lento,
a respirar antes de caer en su mordida.

Esta bestia te atrapa en su centro,
corazón vetusto de lava y alma negra,
para cargarte después en su lomo de dragón.

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10 minutos

Me faltan 10 minutos de tiempo.

Le sobran excusas al reloj,
aceite a las manecillas,
orden a los números romanos.

Rezo para que la tierra pierda fuelle
en su rutinario giro,
y que el sol decida echarse una siesta.

También le faltan nubes a los colchones
y alfileres al desierto.

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Todo en orden

Amo las sombras
como parte de la luz que se resiste.

Amo esta ciudad
que te regala la paz de un amanecer
y te arrebata,
diez minutos después,
la esperanza y la vida.

Aún así,
todo en orden.

El silencio entre un padre y un hijo
que bajan juntos a desayunar.
Los sueños de gloria y riquezas
de una señora que apuesta su pensión
en las máquinas tragaperras del bar.
La mirada ciega del camarero
que no sabe qué día es hoy.

Hoy no es día de partido.
Hoy no ha habido sucesos que comentar.
Hoy es un día para olvidar.

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