Búho

Regreso volando silenciosa como un búho. Canciones nuevas coquetean entre mis alas. Llevo la camiseta de entonces, pero ya no soy la misma. Nadie lo es. Ni siquiera el recuerdo. Palpitan en mí las palabras que nos acercan, el juego de espejos, de tu dolor, de las traiciones, del insomnio, de las cadenas del pasado. Paso de puntillas junto al primer abandono. De una puerta en desuso una mano asoma alicaída de una cobija. Dos pasos más allá la luz cegadora de la tortilla española y las croquetas al por mayor. El tumulto y la vida se quedan dentro.

Vuelo bajo. Contemplo unos turistas felices tras el atracón de jamón, ignorantes de la quietud y el silencio del hombre en el saco. Yo misma casi no le veo, otra pieza más de mobiliario urbano cubierto de carne y telas en el garaje. Mi mente se vuelve pausa, como mi corazón, que busca un motivo para continuar su aleteo feroz. Y no lo encuentra, pero aún así continúo. Un ave zombie con lágrimas en el borde de las pestañas, en lucha con el viento fresco de la noche.

Sigo hasta el atrio de los hombres crisálida. Bajo la luz del Reina Sofía la estampa me sacude y rompo a llorar. Por fin nos encontramos, su desamparo con el tuyo y con el mío. Es el delta donde confluyen nuestros miedos. Sé que nos desconoceremos hasta que logremos mirarnos a los ojos. Será ahí, en lo profundo de nuestras pupilas, donde hallaremos la casa.

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Cada mañana, cada baile

Se levantaba cada mañana con ganas de cambiar su mundo. Abría las manos y ofrecía su debilidad. Encajaba los golpes con una sonrisa y una lágrima. Una sola; no se permitía derramar ninguna más.

Luchaba por exterminar la hipocresía de su casa. Con cada salida del sol desayunaba recuerdos de caricias y, una vez saciada, se disponía a mirar a los ojos a cualquiera que quisiera crecer, como ella.

La evolución era ligera, frágil y transparente. Y su mirada de luz diurna la exponía, la opacaba, la mostraba a los que estaban listos para ver. Con ojos inmensos, pozos de amor.

Durante el día ordenaba las mentiras que escuchaba, y una a una las escondía bajo la alfombra. Había mentiras diminutas, que como gotas de mercurio trataban de escabullirse de entre sus manos.

Encontraba mentiras complacientes, suaves y esponjosas, algodón de azúcar para los oídos. Y hallaba también mentiras fuego, mutantes engendros nacidos de la rabia interior, de la lava de todos los proyectos fallidos, de todas las ansias sin resolución, de todos los días gastados sin amor. Piedras duras e incómodas, algunas de ellas bellas, brillante atracción. Otras, ordinario carbón.

Y así, ya toda las piedras del día bajo sus pies ordenadas, se dispuso a bailar sobre ellas hasta hacerlas desaparecer. Y se contorneó, invocó al abrazo de nube en una danza fugaz, meció el viento con sus pies desnudos, y bailó, bailó, bailó. Bailó hasta caer sobre el silencio de las piedras. Bailó hasta desfallecer en su nueva verdad.

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Salta

El camino que desciende al mar es escarpado. Tanto que te convertirías en gaviota solo para besar un instante esa furia espumosa. El cuerpo se paraliza y se clava en la tierra rojiza. No hay escaleras al cielo tampoco. El salto podría ser mortal. La carne se hace niño, miedo, placenta y cordón. Las raíces son pocas y gruesas. El promontorio aguantará otra embestida de olas. Cierras los ojos, el norte baila en tus oídos. Silba, pita, grita todo tu ser. Nunca serás uno con el mar.

Salta.

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Libertades impuestas

Y si alguien no quisiera ser libre, ¿qué pasaría?
Y si acaricia dulcemente su cadena, ¿cuál sería su lugar?

Nadie piensa
que alguien
no quiera
ser libre
aún.

Aun
cuando
es difícil
que alguien
no sea libre.

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Mi único recuerdo de la guerra fue…

Mi único recuerdo de la guerra fue la muerte de mi hermano.

No serían más de las doce del mediodía, y el llanto de mi hermano recién nacido resonaba en las cortezas del alcornocal. Superaban los gritos de mi madre entre los muros de la casa. Todo era posible, la vida o la muerte; y la comadrona ladeó la cabeza. Sí, yo lo vi, fue un leve no.

Una vez enjuagada la sangre, pude abrazar por primera y última vez esa carne tan blanca, tan blanda y tan extraña. El sol me cegaba cuando quise escapar del dolor de su visión. Ya nunca más temería la muerte. La guerra fue solo un giro de cabeza.

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