Cuaderno de bitácora al interior

He dejado el batiburrillo de átomos que amo sobre la cama. He cerrado a medias la casa. Todo parece estar en orden. Todo menos mi alma.

Este caos amigo me acompaña y me fatiga desde hace días. La luz se filtra por momentos. Todo va a salir bien, parece suspirar la grieta.

Intento respirar el calor tras la ventanilla del avión. Por encima de las nubes debe vivir Dios, o quizás la fe que me falta. Permaneceré atenta.

El murmullo del viento me arrulló hasta dormir. Cuánto echo de menos el latido de un corazón. Todo el silencio del mundo y tu palpitar.

En el avión, la niña sentada a mi izquierda garabatea sin cesar. Abarrota con su particular mapamundi de objetos la bolsa de papel.

En su centro destaca una nube de gesto adusto que vomita un arcoíris. Un gato, una flor, un croissant, un móvil… El horror vacui postmoderno.

Bajo un reloj, una tirita, un sol y una luna, un retrato de una niña de melena rizada que llora. Ojos negros pintados y repintados con fiereza. Lágrimas sin ojos.

Maniobra de aproximación fallida. De vuelta entre las nubes, que no me han parecido tan suaves en esta ocasión. Miedo. Primera vez que siento miedo en el aire.

El viaje se hace en ocasiones para no pensar. Para recrearse en la ausencia de pensamiento. Y dejarse llevar de un punto a otro. Fuera y dentro.

Ya en tierra, me acerco compulsivamente a lo grotesco. Acaricio gatos cebados mientras desde la verja de la urbanización alguien me observa y se toquetea.

La playa me reconcilia con el mundo. Hoy me entregué al océano en toda mi desnudez. No logro encontrar rastro alguno de mis pecados.

Me gusta cerrar los ojos y no encontrar espejos en mi interior. No hay distorsión. Tampoco verdad. La duda lo ocupa todo. Ni sitio queda para mí.

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Tanto silencio fuera produce ecos en mi pecho. Una tenue luz se ha filtrado sin razón aparente entre las cortinas. Me pregunto si hoy también chispeará.

Me adentro en un camino de labios sinuosos con paredes chorreantes de lava antigua. Suaves y desconocidas como lenguas de dinosaurio. Pienso en la vida dulce y en lo hueco.

La imposibilidad de continuar hace que disfrute la derrota en soledad. Los límites de mi mente son rugosos como las piedras que piso.

El hablar infinito me recuerda lo finito de las emociones. Todo el lenguaje contenido en una lágrima que cae al mar.

La playa dorada se me ofrece desnuda. Hay vigías en lo alto. No hay tiempo para la reflexión. La unión es inminente. Agua y sal.

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Una lluvia inconstante pero aterradora acompaña mi duermevela. No hay maullidos en la urbanización. Soñé con zapatos de papel picado, únicos, ligeros.

Agua por todas partes. Malpaís rebosante de agua. La tierra brilla: marrón, roja, verde y azul. Dibujo mentalmente la línea que se perdió en el horizonte.

Lo privado se torna impúdico. Invitada en la casa de un muerto. Un gran ojo de cristal me mira indiferente. Sabe que no puedo tocarlo.

«Pintando todo el día», escribía César Manrique en su agenda. Y yo, ¿qué hago cada día con toda esta indecisión?

Demasiados pensamientos. Qué difícil es hallarse en soledad. El cielo clarea y vuelvo a la vida. Mi corona de nubes se disipa.

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Mala noche. El vuelo de un mosquito, el murmullo de la noche, tanta agua por drenar. El leve sonido de la vida fuera haciéndose cada vez más presente, imantándome al aire que respirar.

Descubrir, o quizás aceptar, que no me defino por lo que hago, por lo que visto, por lo que pienso, ni por lo que digo. Descubrir que debo desdibujarme.

Sol potente, directo, sin filtros. Sol poderoso llenando vacíos. Secando las lágrimas pasadas y presentes. Sol alimento y sol descanso.

De todos los miedos posibles, el de la soledad es el más silencioso y traicionero. Camina a tu lado, incansable, hasta que te pone la zancadilla.

Noche cerrada, y cada volcán lleva en su cima una luz roja que parpadea. Tres volcanes seguidos logran una extraña coreografía de luces. Guiño rojo a las aves noctámbulas.

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No sabía que la luz te podía invadir de este modo. Luz azul clarificadora y cálida. Todos los idiomas entremezclados en esta babélica claridad.

Azules imposibles se hacen uno en el mar. Manchas de color que, silenciosas, vienen y van. Lámina mutante. Océano espejo.

El cansancio llega sin avisar. Es más fuerte que la sed o el hambre. Un nubarrón sobre la fuerza de voluntad. El cansancio no se frena en su caminar.

De reojo atisbo la oscuridad de mi alma. Hoy ha sido un día luminoso. Por contraste debería sentirme blue, triste, derrumbada, mas solo veo belleza entre mis ruinas.

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Las últimas horas de un viaje suelen ser las de mayor nerviosismo, pero abrir la puerta y recibir una bocanada de aire fresco apaciguó todas mis ansias.

Casa del mar. De cuando tu cabeza está en las nubes y tus pies se transforman en sal. Piedras y gaviotas en las manos.

Decido no poder. Pero me traen de vuelta al camino, al sí, a la posibilidad. El esfuerzo es más mío que suyo. Tengo pánico a este sí, a no estar a su altura.

La despedida es extensa y llena de buenos propósitos. De este lugar me llevo el blanco brillante, el verde olivina, el rojo fuego y el negro malpaís.

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Dios dirá

«Compré mi casa cuando aún era alguien. Mi familia me tiene vigilada. No me dejaron entrar en la habitación. No, no puedes entrar en esa habitación. No insistas».

¡Cuántos vecinos!, musita minutos después la señora sentada junto a mí en el autobús. Su mirada perdida en la gigantesca mole que vigila el Manzanares desde Puerta del Ángel. Muchos vecinos, sí. Muchas personas. Quién sabe, ella podría haber vivido ahí en su juventud o en su madurez, cuando aún recordaba quién era y adónde quería llegar. Ahora, sola, abrigada hasta las cejas  con su bufanda gris y sus guantes de lana, bajo el sombrero de fieltro negro se acomoda en el autobús que pasó primero por su parada. El que le pareció más fácil para subirse en él. El que llegaba más a ras de suelo para no tener que valerse de su bastón, y Dios dirá.

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Búho

Regreso volando silenciosa como un búho. Canciones nuevas coquetean entre mis alas. Llevo la camiseta de entonces, pero ya no soy la misma. Nadie lo es. Ni siquiera el recuerdo. Palpitan en mí las palabras que nos acercan, el juego de espejos, de tu dolor, de las traiciones, del insomnio, de las cadenas del pasado. Paso de puntillas junto al primer abandono. De una puerta en desuso una mano asoma alicaída de una cobija. Dos pasos más allá la luz cegadora de la tortilla española y las croquetas al por mayor. El tumulto y la vida se quedan dentro.

Vuelo bajo. Contemplo unos turistas felices tras el atracón de jamón, ignorantes de la quietud y el silencio del hombre en el saco. Yo misma casi no le veo, otra pieza más de mobiliario urbano cubierto de carne y telas en el garaje. Mi mente se vuelve pausa, como mi corazón, que busca un motivo para continuar su aleteo feroz. Y no lo encuentra, pero aún así continúo. Un ave zombie con lágrimas en el borde de las pestañas, en lucha con el viento fresco de la noche.

Sigo hasta el atrio de los hombres crisálida. Bajo la luz del Reina Sofía la estampa me sacude y rompo a llorar. Por fin nos encontramos, su desamparo con el tuyo y con el mío. Es el delta donde confluyen nuestros miedos. Sé que nos desconoceremos hasta que logremos mirarnos a los ojos. Será ahí, en lo profundo de nuestras pupilas, donde hallaremos la casa.

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Cada mañana, cada baile

Se levantaba cada mañana con ganas de cambiar su mundo. Abría las manos y ofrecía su debilidad. Encajaba los golpes con una sonrisa y una lágrima. Una sola; no se permitía derramar ninguna más.

Luchaba por exterminar la hipocresía de su casa. Con cada salida del sol desayunaba recuerdos de caricias y, una vez saciada, se disponía a mirar a los ojos a cualquiera que quisiera crecer, como ella.

La evolución era ligera, frágil y transparente. Y su mirada de luz diurna la exponía, la opacaba, la mostraba a los que estaban listos para ver. Con ojos inmensos, pozos de amor.

Durante el día ordenaba las mentiras que escuchaba, y una a una las escondía bajo la alfombra. Había mentiras diminutas, que como gotas de mercurio trataban de escabullirse de entre sus manos.

Encontraba mentiras complacientes, suaves y esponjosas, algodón de azúcar para los oídos. Y hallaba también mentiras fuego, mutantes engendros nacidos de la rabia interior, de la lava de todos los proyectos fallidos, de todas las ansias sin resolución, de todos los días gastados sin amor. Piedras duras e incómodas, algunas de ellas bellas, brillante atracción. Otras, ordinario carbón.

Y así, ya toda las piedras del día bajo sus pies ordenadas, se dispuso a bailar sobre ellas hasta hacerlas desaparecer. Y se contorneó, invocó al abrazo de nube en una danza fugaz, meció el viento con sus pies desnudos, y bailó, bailó, bailó. Bailó hasta caer sobre el silencio de las piedras. Bailó hasta desfallecer en su nueva verdad.

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Salta

El camino que desciende al mar es escarpado. Tanto que te convertirías en gaviota solo para besar un instante esa furia espumosa. El cuerpo se paraliza y se clava en la tierra rojiza. No hay escaleras al cielo tampoco. El salto podría ser mortal. La carne se hace niño, miedo, placenta y cordón. Las raíces son pocas y gruesas. El promontorio aguantará otra embestida de olas. Cierras los ojos, el norte baila en tus oídos. Silba, pita, grita todo tu ser. Nunca serás uno con el mar.

Salta.

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