Libertades impuestas

Y si alguien no quisiera ser libre, ¿qué pasaría?
Y si acaricia dulcemente su cadena, ¿cuál sería su lugar?

Nadie piensa
que alguien
no quiera
ser libre
aún.

Aun
cuando
es difícil
que alguien
no sea libre.

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Mi único recuerdo de la guerra fue…

Mi único recuerdo de la guerra fue la muerte de mi hermano.

No serían más de las doce del mediodía, y el llanto de mi hermano recién nacido resonaba en las cortezas del alcornocal. Superaban los gritos de mi madre entre los muros de la casa. Todo era posible, la vida o la muerte; y la comadrona ladeó la cabeza. Sí, yo lo vi, fue un leve no.

Una vez enjuagada la sangre, pude abrazar por primera y última vez esa carne tan blanca, tan blanda y tan extraña. El sol me cegaba cuando quise escapar del dolor de su visión. Ya nunca más temería la muerte. La guerra fue solo un giro de cabeza.

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Tierra fría

Soy dos bolsos colgados junto a la ventana, un pendiente suelto sobre la mesilla, la mitad de una foto, un mapamundi con chinchetas, cajas llenas a la espera de algún día estar vacías. Soy una capa de polvo sobre los muebles, el olor de unas sábanas, el desorden tras las puertas. Soy una serpiente a punto de mudar. Esta tierra ya se enfrió.

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Ojos rojos

¿Por qué lloras, criatura de sal?
¿No sabes que tus lágrimas nunca llegarán al mar?
No habrá comunión, entierro, ni boda la orilla.
Mas eres eterna, vida mía, y rojos, tus ojos, de tanto llorar.
Detén tu llantina, mira, allá hay un cielo que atardece y una quietud invernal.
Unos campos de trigo te quieren acunar.
Esta tarde sopla fuerte el viento, no se cansa de gritar:
¡Vuela alto, ven conmigo, más arriba, allá sobre las nubes,
el abrazo del sol no te soltará!
Y sabrás que no eres dueña de tu agua ni de tu carne mortal.
Y pedirás clemencia por los días malgastados en sollozos y suspiros.
¿No lo ves, mi niña? El perdón es la fuente, el principio y el final.

 

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Cielo en blanco

Este cielo en blanco me recuerda el día en que estiré los brazos por última vez intentando tocar una nube.
Sabía que allá arriba se escondía, esa nube salvadora, esa red de hilos de seda virgen, ligera pero fuerte.
Y ese día mi alma se alzó, sobrevolando la ciudad de latón y piedra, un reposapiés gris de amargura.
Mi mano tijera lista para desnudar la metrópoli de artificios y cortarla por la línea de puntos de sus avenidas.
Era una tarde de playa, tumbada sobre las arenas doradas del tiempo, el reloj se dejaba broncear.
¿Alguien me escucha si grito desde esta bóveda clara? Dios, déjame tocar esa nube, no me hagas llorar.

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