Búho

Regreso volando silenciosa como un búho. Canciones nuevas coquetean entre mis alas. Llevo la camiseta de entonces, pero ya no soy la misma. Nadie lo es. Ni siquiera el recuerdo. Palpitan en mí las palabras que nos acercan, el juego de espejos, de tu dolor, de las traiciones, del insomnio, de las cadenas del pasado. Paso de puntillas junto al primer abandono. De una puerta en desuso una mano asoma alicaída de una cobija. Dos pasos más allá la luz cegadora de la tortilla española y las croquetas al por mayor. El tumulto y la vida se quedan dentro.

Vuelo bajo. Contemplo unos turistas felices tras el atracón de jamón, ignorantes de la quietud y el silencio del hombre en el saco. Yo misma casi no le veo, otra pieza más de mobiliario urbano cubierto de carne y telas en el garaje. Mi mente se vuelve pausa, como mi corazón, que busca un motivo para continuar su aleteo feroz. Y no lo encuentra, pero aún así continúo. Un ave zombie con lágrimas en el borde de las pestañas, en lucha con el viento fresco de la noche.

Sigo hasta el atrio de los hombres crisálida. Bajo la luz del Reina Sofía la estampa me sacude y rompo a llorar. Por fin nos encontramos, su desamparo con el tuyo y con el mío. Es el delta donde confluyen nuestros miedos. Sé que nos desconoceremos hasta que logremos mirarnos a los ojos. Será ahí, en lo profundo de nuestras pupilas, donde hallaremos la casa.

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Retrato de mar

El acantilado de carne llegaba hasta la playa,
la hacía suya ondulándose y curvándose
sobre las dunas.

Su pelo, olas antiguas que, saltarinas, llegaban
del epicentro mismo de todos los océanos.
Despeinado apenas.

Suave, tibio y atemporal, cual arena recién mojada
por los primeros rayos de sol del nuevo día.
Moreno de sal.

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Camino sin ruido

Hay un camino sin ruido
en el que no estoy.
Uno sin peso ni calor.
En el que el frío en su transparencia acalla todos los gritos.

Hay una vereda verde donde
el agua moja los pétalos
en su desnudez impía.
Vereda que se lanza en una curva de largas luces tangentes.

Hay una senda de paz
transitada por nadie,
imaginada por todos.
Una bajo nuestros pies que, en vez de recorrer, pisoteamos.

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Bajo el mismo sol

Los pasos vencidos,
zapatos derretidos.
Sirena quiebra,
y el silencio se desvela.

Marea de coches,
peleas y derroches.
Dice la leyenda
que no somos los que cuentan.

Bajo el mismo sol,
sobre el mismo latido.
En la misma prisión
todos buscamos un sentido.

Arterias descorchadas.
Amantes sin medida.
Desnudan las paredes
los gritos y bocinas.

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Como serpientes en un agujero

Siempre hay un él.
Llámalo deseo, llámalo el otro, llámalo espejo.

La fuerza que te impulsa a dejar la tierra que te parió,
a dejar entre paréntesis tu sangre y tu memoria,
a renacer entre carnes de otros tonos y pesos.

Siempre hay un él
que nos golpea con su verdad cálida e hiriente.

En el viaje aprendemos a borrarnos las fronteras,
nos desdibujamos los contornos de comodidad,
mudamos la piel como serpientes en un agujero.

Siempre hay un él.
Siempre hay un yo dentro luchando por vivir.

(Diaan ci biir pakh)

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