Mujer, día y noche

Llegó el día en que el espejo no alcanzaba,
tan lleno de risas estaba.
Rebosaba la felicidad como río de plata.

Llegó la noche sublime de luz infinita,
sueños de hielo embravecido.
Ceguera sorda de los mil colores.

Llegó la mujer, una criatura sin rostro,
y se miró en el espejo vivo.
Deseó ser feliz con esas migajas.

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Invierno

Me siento con las hojas,
secas y húmedas
a partes iguales.

El otoño se retuerce
en sus comisuras.

No hubo delito,
no queda savia en sus venas.

La suerte no es
de las que aun cuelgan,
funambulistas del viento.

Es de las que juegan
con mi pelo.

Improvisada
diadema de colores.
Bienvenida al invierno.

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La piel de la nube

Hoy una nube me cambió de forma
Me iluminó de amarillos y naranjas las pupilas
Encendió mis farolas y apagó el atardecer

Hoy mi savia corre más lenta
Me crecieron ramas en las raíces y
La navaja escribió sobre mi piel: «eres un cielo»

Hoy la muerte me dijo «tenemos que hablar»
Escupió un falsete sobre mi corazón olvidado
En un baúl de memorias, panteón de dolor

Hoy los galgos inflaron sus costillas
Orgullosos de oler nubes mandarina
Tesoro de polizones de esta hundida ciudad

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Torbellino

Y llegaste, torbellino de piel y viento,
arrasando los prejuicios y los errores,
volviendo agua los muros de las cuevas,
descendiendo al mar las plegarias de otro tiempo.

Y escalaste esta montaña de miedos,
piedra sobre piedra, mano sobre mano,
para pintar una nueva luna plena de colores
a imagen del arcoíris atrapado en una lágrima.

Y hablaste un lenguaje nuevo e indómito,
lleno de música en cascadas de silencio,
banda sonora de una paz que acalló los lamentos,
esos testigos sagrados del paso del tiempo.

Y estiraste los límites para medir nuestro abrazo,
inmenso, incontenible de sueños y profecías,
gozoso en la demora, exultante de esperas y ocasos.
Y aquí estás: sueño, cascada y viento en mi mano.

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Dedicado

Cuando viste de negro ella es toda pupila. La luz se arremolina en torno a sus brazos, masajea su cabeza y la pinta de siete colores cambiantes y conocidos.

Ella guarda sus manos en los bolsillos del pantalón. Sus membranas de paz se perderían entre la multitud.

Duerme con el reflejo del sol en la mesilla de noche. Gira el arco y la flecha apunta directa a las pesadillas que están por nacer.

Ella conoce el veneno que apacigua los ojos. Habla entre pausas de diafragmas antiguos.

Tiene el alma vieja de sufrimientos refractarios y destila un dulce irisado invisible a ojos mortales.

Los rayos luminosos de algún Dios intentan opacar su libertad, pero ella es el iris que nada ve pero todo colorea de amor.

Ella fue dolor permeable. Ahora juguetea con la posibilidad de ser pensamiento sin memoria en las alturas indefensas de nubes y mares.

Mírate, no busques más. Ella está ahí contigo sobre la fría piel irisada del espejo.

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