Lo que queda de esta soledad

Se me murieron todos los regazos.
Estiro la mano entre las sábanas
hasta alcanzar el vientre de la ballena,
suave, caliente, húmedo.
Me hundo.

Dos mundos discuten tras la pared;
si cierro los ojos las voces me miran.
Me hago una y fuerte con el océano feroz.
La sal conserva la memoria
de las olas.

No seré la estrella a punto de morir,
ni uno de los colores en tu iris de mar.
No seré yo quien persiga estelas de fuego,
futuros incandescentes,
signos del azul.

He dejado abierto el corazón al frío,
a quien primero quiera entrar, y arrasar
—al viento, a la lluvia, a cometas de otro tiempo—
con lo poco que queda
de esta soledad.

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Elogio del deshacer

Mi mundo interior es un desierto.
Mi mundo interior no tiene olas.
Ni capullos, ni libélulas.
Mi mundo es un erial.

Renacuajos, paz, sol bajo las piedras.
Se impone fuera un eco de grillos,
un verano que se agota,
la fatiga al respirar.

Desayuno con licor las prisas de ayer.
Nutro mi corazón, que no sabe de horarios.
Hoy no haré nada,
hoy dejaré de latir.

De repente, la voz del último silencio.
El deseo de todo y nada, súbitamente.
Ansia por deshacer
todo lo por vivir.

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Lomo de dragón

Toda ella es una curva serrada,
dientes viejos de sonrisa precoz,
boca que todo lo engulle y que nada oculta.

En ella cada camino es un desvío,
una invitación a mirar lento,
a respirar antes de caer en su mordida.

Esta bestia te atrapa en su centro,
corazón vetusto de lava y alma negra,
para cargarte después en su lomo de dragón.

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¿A dónde?

¿A dónde te diriges?
¿No ves que no me ves?
El barniz donde se reflejan tus demonios
solo sabe de vidas pasadas no vividas.

¿A dónde me llevas?
¿Al aire que mece la nube?
Desde tu prisión de amaneceres eternos
llega el grito de una luna virgen nueva.

¿A dónde?
¿Hasta la muerte?
La quietud que te desabrocha el alma
se relame en los latidos de tu postrer corazón.

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Vida diamante

No necesitaré ruedas
para alejarme del miedo.
No necesitaré alas
para cubrir estos anhelos.
Ya están mayorcitos,
y el abismo con su ceguera les mostrará el camino.

El hilo que nos unía
perdió uno de sus cabos.
La vida diamante
volverá a su meteorito.
Lo tenso no sabe morir,
ni los vivos sabremos nunca arrancarnos el corazón.

De todos los insultos
recordaré los que callaste.
Así todos los besos
hallarán su espejo deformador.
Cóncavos y convexos, los sexos beberán gasolina hasta saciarse.

Nota mental: mojemos todas las cerillas.

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