Desmochada

La ciudad despertó de la siesta
envuelta en una gruesa polvareda.

De sus alturas poco o nada quedaba,
un silencio marchito, no más.

Hasta la dehesa llegó el eco de las piedras,
huérfanas de madre y señor.

Las acompañaban en su sollozar
cigüeñas volando a ras de tierra.

Cerca del cielo, la herida se lamía los huecos.
Nadie se atrevió a tañer las campanas.

Cada casa, un escudo, una familia.
Pero aquel día la torre se supo una, y mujer.

La ciudad se desperezó triste pero en paz,
en la quebrada calma de sus restos de torres.

Torre mocha,
mujer rota,
deshecha.

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Rocco

Desnudo de toda religión,
Rocco se viste y acicala de oro.
Camina compungido
sobre decenas de hombros.
No le queda amor
ni le faltan pestes que curar.
A pesar de la atención,
está solo y desamparado.
Y sueña con desesperación
otra lengua para sus heridas.

Me dieron tu imagen, Rocco,
hace ya un año, o quizás más.
Y hoy te invoco, lúcida,
por alguna misteriosa razón será.

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Faro

Jaula de luz,
sueño de los hombres.
Hasta aquí llega el río
que besa el mar.

Se abre la herida,
las venas de la tierra.
Supuran guerras,
indiferencias, muerte.

Suerte que el océano
lo traga todo.

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