Buena gente, gente buena

En la ausencia de máscaras
nos adivinamos hermanos.
Enarbolamos defectos como bandera.
Y felices, tras saciarnos
de estrellas y nubes,
escondemos los colmillos
bajo el labio, con familiaridad.

Fuera, el mundo ruge.
Nos pide la vida
pagar peaje por esta paz
extraordinaria.
Nuestros cuerpos,
la piel, la luz,
la última meta y barrera.

Es preciso acallar
la paz de los buenos,
el silencio justo
de los inconformistas.
No vaya a ser que alguien
nos descubra
y nos señale con el dedo.

Forzados a regalar paz
solo a las almas que sobreviven
una, dos guerras.
No puede haber descanso
para los pacifistas,
ni perdón o absolución
para los omnipotentes de corazón.

Nuestro sino, es pues,
convertirnos
en los desheredados de Dios,
en los descastados
del rebaño.
Buena gente, gente buena,
pero solos.

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Equilibristas

Equilibrismos tras el telón.
No es un ensayo más,
es la vida que se retuerce
entre nuestros pies.

Día tras día, la balanza calla
injusticias del otro lado
del mundo y de la mente.
Acariciamos el suave rojo.

Todo o nada, tópicos sin fin
bajan de nuestras cañerías,
de las venas taponadas
del tiempo y sus mareas.

No seremos revolución
hasta que asesinemos
todas las dudas que oxidan
nuestro juicio y poca moral.

Todos los gritos salvarán
la paz del caos de Dios,
de sus oídos recién nacidos
a la onda de nuestras caídas.

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