Todo en orden

Amo las sombras
como parte de la luz que se resiste.

Amo esta ciudad
que te regala la paz de un amanecer
y te arrebata,
diez minutos después,
la esperanza y la vida.

Aún así,
todo en orden.

El silencio entre un padre y un hijo
que bajan juntos a desayunar.
Los sueños de gloria y riquezas
de una señora que apuesta su pensión
en las máquinas tragaperras del bar.
La mirada ciega del camarero
que no sabe qué día es hoy.

Hoy no es día de partido.
Hoy no ha habido sucesos que comentar.
Hoy es un día para olvidar.

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Se me olvida que todos tenemos un nombre,
no solo piel y arrugas, no solo voz.
Se me olvida que lo que nos define
son letras pronunciadas en alto.

Me llamo Adolfo,
es nombre de actor,
¿lo sabías?

Se me olvida que rara vez dejamos de actuar,
frente al espejo, frente al amor.
Se me olvida que incluso las nubes
son paisaje portátil de alquiler.

Me llamo Montaña,
es nombre de desafío,
¿te atreves?

Se me olvida que la carne está hecha de roca,
con grietas de sangre y aire puro.
Se me olvida que late el polvo
en las entrañas blancas del hueso.

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Padre

Padre, llevo muchos días
queriendo besar tu nombre.
Tu memoria me desgasta
la risa y la alegría.

Padre, no puedo vivir más
perdonando a un fantasma.
Te veo en todas partes,
mas no en las pupilas de lo amado.

Padre, escucha el torpe
grito del hilo de sangre.
Desenreda esta lluvia de sombras,
sopla en el remolino del viento.

Padre, borra ese círculo
perfecto que nos amordaza.
Veo ya tu débil sonrisa.
Ahora haz reír a los pájaros.

A Nicolás Pulido

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Un segundo después

Un segundo después,
la vida de ella paseó
detrás de todos los párpados.

Un segundo después,
un gavilán en el alfeizar
de la tenebrosa ventana.

Un segundo después,
la muerte era vida ciega,
hilván de amor de hermanos.

Un segundo después,
llegó silencio atronador
tras la última exhalación.

Un segundo después,
una comunión de lágrimas
hacia las aguas del cenote.

Un segundo después,
el descanso incalculable
de la natura que nos traga.

Seis segundos después,
vuelve la memoria guardiana
a su atalaya de plata.

Para Isabel Díaz

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Pájaros en la cabeza

Me llega un grito de lejos,
de la tierra amordazada
que un día olvidó cómo carcajear.

Se resquebraja el espejo
al golpear la flor dormida
el sueño de los que olvidaron su muerte.

Recordamos, y somos menos
ya las raíces enclavadas
en la memoria perdida de nuestros padres.

Desando oscuros senderos.
Un grajo brilla en su huida,
alumbra la vereda nocturna al ayer.

El final, umbral de secretos
viejos, carne en estampida.
Claveles, rosas, puños rojos al atardecer.

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