Rincones

Rincones de la mente por barrer.
El juego de las sillas me obligó
a permanecer alerta y no olvidar
que no hay sitio para tanto pesar.

La locura se alimentó del vacío.
Hay noches breves que no me tientan,
ni con sus estrellas a toda potencia,
ni con su estruendo implacable de mar.

Ruedas felices que no conocen la meta.
Todo lo bello me hizo dudar de mí,
de mi capacidad de sentir lo frágil
del mundo, la gloria del alma al caer.

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Un, dos, tres, colapso

El colapso siempre llega antes de que el diez aparezca en el horizonte. En nuestra boca, en nuestras fuerzas, en el corazón. Somos seres débiles y colapsamos cuando más seguros estamos.

Hay colapsos regresivos que nos impiden llegar a la meta, al uno. A la unión. Al ego. Al yo. Al tú. Al éxtasis.

Los hay disléxicos, danzarines, saltimbanquis, de los que se paran sobre los errores del camino, no atinan con el orden y nos ponen perdida la razón y la lógica. Pero siempre llega, el colapso.

El colapso no sabe bailar pero te lleva bien sujeto de la cintura. Te sacude y cimbrea de lado a lado hasta que caes como ficha de dominó.

Hace falta otro colapso para sacarnos del colapso. Algunos necesitan un terremoto, otros una tormenta, y a otros les basta el roce de una lágrima.

Está dormitando mi colapso. Le echo de menos. Voy a empezar a contar: un, dos, tres…

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