Petanca

Cada cual protege la suya,
la acaricia, la abrillanta,
la soba cual seno de mujer.

La arrojan muy lejos de sí,
pero no la pierden de vista,
en un tira y afloja del alma.

A lo lejos, todas lucen iguales,
baqueteadas, mordisqueadas,
mas cada una es historia única.

Una lleva cruces rojas pintadas,
polos sangrantes en que caer,
otra tres circunferencias cicatriz.

Hay quien se agacha para recogerla,
exhala un «ay» y la cadera cruje, otro
con cordón e imán, invoca la magia.

Llega ya el entretenido empate decisivo,
las distancias se miden y vuelven a medir,
no se permite margen al error ni a la pelea.

Al final se queda sola la bola más pequeña,
la intrusa, la jueza, la deseada y divina esfera.
Que nadie se olvide de ella, pues ella es el juego.

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Mediodía en el parque

Hay un murmullo que se cuelga de las ramas
y una huella olvidada de bola de petanca.

El cielo se abre cuando cruza este oasis
y unos niños cambian su móvil por el fútbol.

Un billete falso aflora entre la arena de juego,
a salvo de las palomas y del peso del tiempo.

La duda se mece y ríe alto en el balancín,
al otro lado, sentada, la felicidad del hombre.

El vagabundo perdió también sus gafas aquí,
cada noticia en el periódico una caricia de letras.

Un café espera el vapor de la explosión del sol,
y también las mantas dobladas junto a la reja.

Los árboles se alinean para dejarnos su reposo,
variable sombra a sus pies, como el viento que me besa.

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Parque

En el bosque civilizado,
un laberinto resuelto,
un cielo a la descubierta.

Trepan las hojas a las copas
vacías de significado, vulgares
sombras a media jornada.

Tierra yerma entre árboles
con fecha de caducidad.
Raíces a prueba de niños.

Y sigilosa la humedad
estática de los columpios
y toboganes viejos de felicidad.

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