Sin embargo

Pareciera que vago,
sola y desconsolada,
por la vida y por las calles.

Pareciera que respiro
algo que se le parece
al aire, al viento de Lavapiés.

Pareciera que estoy,
entera de piel y huesos,
mientras las huellas me siguen.

Pareciera que vuelo
en las horas sin amparo,
bajo músicas y nubes de cristal.

Y sin embargo
nada de lo que parece es,
ni pasos o viento, ni mi tiempo aquí.

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Lo que queda de esta soledad

Se me murieron todos los regazos.
Estiro la mano entre las sábanas
hasta alcanzar el vientre de la ballena,
suave, caliente, húmedo.
Me hundo.

Dos mundos discuten tras la pared;
si cierro los ojos las voces me miran.
Me hago una y fuerte con el océano feroz.
La sal conserva la memoria
de las olas.

No seré la estrella a punto de morir,
ni uno de los colores en tu iris de mar.
No seré yo quien persiga estelas de fuego,
futuros incandescentes,
signos del azul.

He dejado abierto el corazón al frío,
a quien primero quiera entrar, y arrasar
—al viento, a la lluvia, a cometas de otro tiempo—
con lo poco que queda
de esta soledad.

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Somos dos

Somos, por lo menos, dos
ocupando más espacio,
rabiosamente estupendos,
o haciéndonos chiquititos,
insignificantes,
sombra y luz,
en la oscuridad del alma
o en la claridad de la piel.

Pensar desde la dualidad
no ayuda a posicionarse,
tampoco a levantar el vuelo.
Tiempos pasado y futuro,
insensibles,
parciales,
grisean el cariz del presente,
fiscales contra seres fugaces.

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Todo rebosa

Rebosa.
Todo rebosa.

Rebosan las ganas.
El encuentro de la piel
para los no creyentes.
De las almas.

Rebosa todo.
Y dentro deposita la nada
el vacío glorioso
de la unión y el sinsentido.

Rebosa pues
lo ya creado y lo por crear.
Me quedo con esa nada,
con lo que nos separa acaso.

Rebosa el aire,
respiro y vuelo.
Aprieto los ojos y abro las manos.
Reboso por los poros.

Me rebosa.
¿Será esto felicidad o su fin?

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Mi sombra

Hace días que no escucho mi sombra.
Tan sigilosa ella,
no quiere despertarme,
pero yo sé lo que ella desea.

Gusta de ser observada,
anhela que la atraiga hacia mi piel,
y que la bese lento, suave,
con un beso sobre la frente.

Pues sí. Mi sombra posee rostro,
manos largas como noches en vela
y piernas de aquí a la Luna.

Mi sombra es verde,
naranja, rosa,
del color de los sueños al alba.

Es hombre y mujer,
niño de diente de leche,
y en ocasiones,
anciana viuda seca de lágrimas.

Mi sombra habla por fin.
Cierro los ojos,
y la escucho.

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