Hechos

Hechos, dadme palabras.
Estoy sola ante vosotros,
dueños de vuestro destino y del mío.

Salida, muéstrame tu puerta.
Traigo el alma cansada
de merodear esta casa sin ventanas.

Viento, invítame a tu hogar.
Llevo alas inmaculadas,
amantes del sol y de la lluvia nuevas.

Navegante, súrcame la vida.
Abandono un silencio atroz
en cada puerto que no me ilumina.

Luna, escóndeme tu verdad.
Cubro mi melena de agua,
me agita cada mirada de mariposa.

En cada fractura, una cima.
En toda alma, la unión.
Hombre y mujer y rosa y espina viva.

Para Arturo Murguia.

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El río del cielo

Una vez fui hambre de mar,
entre olivos y moras solía caminar,
y la vida, una lagartija,
troceada entre comidas,
no cesaba de multiplicarse y vibrar.

La ciudad y sus mentiras
me volvieron a engañar.
El mar quedaba lejos, muy lejos,
los neones no eran faros,
tampoco puerto ni final.

Elevé mil cantos de sirena
a los cuatro vientos del cielo, al mar.
Todo fue en vano. Abandoné la niña
entre prisas de amores vendaval,
dejando las puertas del alma sin cerrar.

Tumbada sobre piedras ardientes
mi mirada se volvió rastrojo quemado,
campo en barbecho dócil como el pan.
A la espera de una visión alucinante,
a la espera de un río en el cielo. El mar.

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En el filo

Una sonrisa no basta para evitar el desencanto
Dibujos en el aire cargado de humo y carmín
El ensueño de saberse libres solo dentro
Las máscaras poliédricas de la ceguera.

Gime más fuerte, vida, hasta el orgasmo
Que se escandalicen los vecinos enfrente
Desgarra las cortinas de luz triste
Derrota las pequeñas muertes cada vida soñada.

En cada puerto dejamos una victoria
En cada gemido olvidamos lo que no seremos
Unos pájaros en busca de nubes azules
Espejismos de aire en caída libre.

Ya nos corta el filo del abismo la córnea
Funambulismos visuales, refranes ópticos
Perjurios de la rabia incandescente
Subidas y bajadas en mareos exquisitos.

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La piel encendida

Hay miradas en las que te pierdes, y otras en las que te sumerges y de las que sales a flote palpándote un cuerpo nuevo. Miradas en las que entierras escamas de pieles centenarias. ¿Dejaste algo dentro de mí?

Primero mirábamos de reojo, hacia donde el rayo nos iluminaba a los dos. Luego el haz se movió y lo seguimos por toda la cama. Ya nos habíamos desnudado de palabras antes, en lo que tardaron los besos en ahogar los suspiros.

Cerramos la puerta al mundo y al tiempo. El lugar era la piel y la acción la exploración. No se puede caminar sin dejar huellas, y no se puede amar sin dejarse la piel.

La serpiente devoraba mientras se retorcía de placer y mudaba su piel. Las sábanas se llenaron de pequeños dolores que desertaban de una vida efímera y longeva quizás ya de recuerdos.

El rayo de luz nos marcaba los territorios a conquistar, las cimas que escalar, los ríos que lamer. Era demasiada luz. Una luminosidad que no cesaba en su parpadeo cruel. Dolía abrir los ojos, cerrarlos quemaba por dentro.

Se podría estar más dentro pero no más iluminados.

E igual que llegó, el rayo cesó. Nos invadió el abismo sin avisar. Ojos abiertos, miradas cíclopes cómplices. La luz hizo su casa en la cornisa, y tumbada, esperó. Esperó. Y esperó. Y desesperó.

No temas, ya le voy a dar yo cobijo. Hay luces que algunos no merecen, ¿verdad?

 

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