Apocalipsis

La ciudad se sacude
el laberinto del lomo.
Las piezas se mueven
hasta ajustar la hora.

Los edificios se derriten,
ríos de agua sobre asfalto.
Quedan solo naufragios,
los turistas del miedo.

El apocalipsis ya pasó,
el fuego duerme ahora.
Y los pájaros insomnes
buscan nidos nuevos.

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El mundo habló

El mundo me muestra sus dientes,
¿es eso una sonrisa, una mueca
o el inicio de un mordisco?

Le ofrezco mis ojos cansados,
la ofrenda de todo lo que no veré
si me permite continuar mi camino.

El mundo habla, no más ojos,
no hasta que se sequen mis ríos.
Entonces qué, me digo y repito.

Nada de ojos, olvida las manos
y tus pechos, tengo de sobra
de buenas intenciones.

Susurra ahora tranquilo,
quiero tu corazón colmado
de sueños y amores por cumplir.

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Escudo inerte

El perdón viaja a través de los siglos,
cinco, seis, diez, todos los necesarios
para pagar las deudas de sangre dormidas,
atardeceres sombríos y mágicos, olvidables.

La cadena de las almas arrebatadas al cuerpo
se irguió sobre la pirámide, altar de piedra.
Desafió los reyes, los soles, la carne sagrada,
destruyó la creencia en un mundo justo.

La guerra comienza cuando se muestran los escudos,
la gloria la alcanzan los hijos de los vencidos,
sangre de una sangre perdida, lujuria de tesoros escondidos:
plumas, oro, verdes y rojas piedras brillantes en el pico.

Nadie suelta el puñal hasta que la luna pide clemencia,
hasta que los ríos bombean sangre en la diástole de la polis.
Surcos en la memoria, siembra de conquistadores.
Pido perdón por las muertes a traición, por mi escudo inerte.

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