Ikebana silvestre

Como árbol que se afana por vivir entre las rocas,
crezco, asciendo, buscando los claros en las nubes.
No existe el vértigo, no hay razones, solo crecimiento.

Si no hay tierra bajo mis pies, ahí pondré mi carne.
Si no es época de lluvias, usaré mis lágrimas
como manantial eterno de vida y de calma.

Me verás a lo lejos, un ikebana resquebrajado
pero en pie, en un equilibrio extraño,
sediento de uñas que rasguen su piel.

¿Es esta paz una utopía o reflejo de mi verdad?
¿Es mi piel soledad o alma de bosque?
Rocas, sujetadme las hojas antes de caer.

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Cenicero de pasiones

El amor se desgasta de tanto tironear la pasión
De medir cómo crecen de rápido sus uñas
De moverle las latitudes sin notificación

Cuida mi alma y te regalo un beso imborrable
Rojo, solitario, digno de un rey vagabundo
Solo quedará de mí un hambre insaciable

Toda música se crea en oídos ajenos
Todo amor es barro, arcilla de divinidades
Amorfo cenicero de pasiones y celos

Te deseo vida después de que apagues
La soledad infinita que hoy es tu colchón
Mañana será horizonte de muchas muertes

A Gustavo Cerati

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Mi lugar de pensar

Puedo pasar horas pensando en el mejor lugar para pensar. Abro cajones, ventanas, puertas, y siempre hay algo. Algo que ocupa ese lugar para pensar.

Cierro los ojos, apago la música. No, ahí está el vecino que arrastra la silla. La discusión en el bar de enfrente. Ahí sigue la vida haciendo ruido. Ahí sigue ocupando sitio. Mi sitio para pensar.

Me pongo la cazadora y salgo a la calle. Todo se mueve. Camino hasta el puente. Aquí todo se magnifica. El cielo es más grande, las lágrimas caen a un caudal mayor, los pensamientos vuelan y se posan sobre las copas de los árboles allá abajo. ¿Será ahí dónde podré pensar en paz?

Al fondo se funden los niños en patines con las abuelas con los codos enredados. Miro mis manos, ya no tiemblan. Separo los dedos todo lo que puedo, los estiro dejando escapar rayos imaginarios por mis uñas. Aflojo. Observo el suelo entre mis falanges hasta que se convierten en finos hilos.

Durante lo que me ha parecido un segundo eterno el mundo ha parado su respiración y he escuchado la mía propia. Este debe ser mi sitio, pues. Arranco del banco en el que estoy sentada unas teselas de color.

Regreso a mi calle. La televisión de mi vecino me recibe nada más poner un pie en el zaguán. Hay olor a incienso, a coliflor cocida y a café. Abro la puerta de mi casa, sonrío, el aroma a café es mío. Me tumbo en el sofá. Clavo la mirada en el techo, luego en las piedras de colores, todo se apaga. Y pienso.

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