Hierba de noche

Juntaba los dedos en oración,
la tierra removida a sus pies
de tanto pensar.

El cielo movía sus ojos de luz
arriba y abajo buscando señales,
el hábito diario.

Reía la noche, la veía dormir
acurrucada en la raíz del sauce,
nudos de savia.

Por fin llegó la hora húmeda,
oscuridad nacida para escarbar,
hierba de noche.

Para Estefanía González

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Es esta la noche

Es esta la noche de los aullidos,
de los huesos de leche mirando la luna
que crece, y respira, y eriza la piel.

Es esta la noche de los pasos callados,
de las risas secas bañadas en miel
que compactan olvidos y sueños lentos.

Es esta la noche de las dudas de madera,
de los adornos de moho barriendo sombras
que cubren las copas de árboles de interior.

Es esta la noche suave sin pulso,
juguete roto de un amor olvidado
que espera la resurrección de los ojos.

Es esta la noche en que ya no soy,
es el mundo dentro que inunda el cielo
con gotas de terciopelo y miradas de bien.

Es esta la noche preciosa y muda
que el niño recordará al mirar su estrella
enmarcada en dulces nubes de algodón.

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Puerta al pasado

El pasado aparece
si llamas a su puerta.
Se levanta perezoso
mientras hincha sus venas.
No tiene prisa,
él siempre estará ahí.
Dispuesto a arruinar
el día presente.

Mira esa flor, dice,
¿ya no recuerdas su aroma?
Golpea mi puerta
y te enseñaré su alma.
Firma donde te señalo
y te regalaré estas piedras.
No llores más, niña,
tu vida pasada te vela.

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Conversamos

Volaba leve sobre las baldosas.
Su mano acariciaba el aire dudosa,
rasgaba mudo el aliento del viento.

Cruzamos la esquina a la vez,
un roce de su alma me impulsó a seguir
deprisa con mi vida acelerada.

En silencio me llamó su voz,
un clamor de pupilas en mi espalda
y su cuerpo sobre el pavimento.

Acudí al epicentro de sus ojos,
a la nube verde y azul y ocre,
y hablamos de lo frágil del tiempo.

Conversamos del dolor de la vida
que le ahorramos a quien nos ama.
Conversamos toda una vida en una mirada.

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Padre

Padre, llevo muchos días
queriendo besar tu nombre.
Tu memoria me desgasta
la risa y la alegría.

Padre, no puedo vivir más
perdonando a un fantasma.
Te veo en todas partes,
mas no en las pupilas de lo amado.

Padre, escucha el torpe
grito del hilo de sangre.
Desenreda esta lluvia de sombras,
sopla en el remolino del viento.

Padre, borra ese círculo
perfecto que nos amordaza.
Veo ya tu débil sonrisa.
Ahora haz reír a los pájaros.

A Nicolás Pulido

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