Vuelvo a sentarme bajo la mimosa. No queda una sola baldosa entera sobre la que apoyar mi recuerdo humeante.
El anillo de mis meriendas es ahora un nido de hojas. Casa de nadie.
Mi mirada serpentea por el camino hacia la cueva del agua maldita. Ésa en la que osar introducir mi mano consistía el reto del día.
Arañas, lagartijas, abejorros me saludan de regreso a su mundo abandonado.
Paseo mi mano entre los dedos pegajosos de la adelfa. Frente a mí el suelo que ya no riego, el árbol con mi nombre que no quiso crecer.
Del otro lado, el óxido pinta un grafiti abstracto sobre la cal que ya no es blanca.
Las rejas protegen este fortín de memorias de ojos profanos. Invitan a pasar de largo y bordear sus ángulos.
La vida está detrás, entre los olivos de cortezas sagradas. Una pugna por sobrevivir entre piedras y tierra dura.
Un alcornoque destaca cual atalaya silenciosa. Ofrece sus ramas fuertes, de abrazo o columpio.
La muerte trepa por él. La vida desciende de mí. Nos encontraremos en esa nube clara.
Etiqueta: agua
Razón de parecer
Parece que el viento no quiere habitar este cuarto.
Evita rozar mi piel y mover mi ánimo.
Rodea las esquinas abiertas de esta morada.
Pulula y bate sus alas invisibles.
A quién contará los secretos que conoce.
Parece que el agua no quiere calar estos muros.
Besa los diques, unos ojos de mimo.
Discurre sobre el erial bañándolo de mañana.
Piensa y se secan las orillas tristes.
Y cómo aliviará la sed del que corrompe.
Parece que el fuego no quiere purificar mi mundo.
Vicia las partículas, átomos sin ritmo.
Recorre las distancias que separan nuestras almas.
Quema el destino la piel que persigue.
Cuándo renacerá el niño en la trampa hombre.
Parece que nada quiere ser hoy.
Parece que todo es coartada y fin.
Torbellino
Y llegaste, torbellino de piel y viento,
arrasando los prejuicios y los errores,
volviendo agua los muros de las cuevas,
descendiendo al mar las plegarias de otro tiempo.
Y escalaste esta montaña de miedos,
piedra sobre piedra, mano sobre mano,
para pintar una nueva luna plena de colores
a imagen del arcoíris atrapado en una lágrima.
Y hablaste un lenguaje nuevo e indómito,
lleno de música en cascadas de silencio,
banda sonora de una paz que acalló los lamentos,
esos testigos sagrados del paso del tiempo.
Y estiraste los límites para medir nuestro abrazo,
inmenso, incontenible de sueños y profecías,
gozoso en la demora, exultante de esperas y ocasos.
Y aquí estás: sueño, cascada y viento en mi mano.
Especial
¿Cuántas veces hemos confundido el querer a alguien con el esperar que ese alguien nos haga sentir especial?
El ahora te quiero, ahora ya no. Dicen que el amor es un mar de dudas. O sobrevive en él. No, es un vaivén. Es mirar a los ojos y no marearse mientras el agua en su arrastre se lleva las lágrimas de nuestros pies.
¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? ¿Por qué ya no? ¿Por qué no dura más? Porque sí se estira, pero como el chicle pierde su sabor.
¿Qué buscamos en el otro? ¿Perder un poco de vista nuestro yo? Cerrar los ojos y reflejarnos en un espejo alucinante, un espejo que no sabe de edades, de arrugas, de defectos. Un espejo que nos acaricia la autoestima. Que nos lame la sinrazón. Y no hay un por qué.
Hoy te envuelvo con mi alma. Mañana seguramente te dará demasiado calor. Pasado mañana me pedirás que deje mi alma a tus pies. Y yo la doblaré, y la apoyaré sobre la mesilla. Seré solo cuerpo mientras dure el amor. Y al día siguiente me dirás que te falta luz. Desdobla tu alma, me dirás, y cúbreme con ella los poros abiertos para que no sangren más de frío mundano. Y yo la desdoblaré cuidadosamente y me cubriré con ella hasta hacerme invisible. Otra vez. Como cuando no había luz. Como cuando yo no.
La libreta
Más de veinte años. Y la mierda sigue flotando.
Más agua, muchas lágrimas después, y las letras que no se ahogan.
Un bolsillo interior de un abrigo pasado de moda. Un doble fondo de raso.
El silencio se había quedado en su garganta a vivir.
Nombres de mujer. Dolorosos de pronunciar en cualquier otra boca. Números. Fechas. Lugares.
El esqueleto de un diario amoroso.
Un antifaz triunfal hecho confetis en la papelera.
Una cerilla, un fuego que jugó a desordenar nombres y a emparejarlos en placeres inimaginables.
El descubrimiento fue la imposibilidad de no cambiar el curso de la memoria.
El fuego fue el cómplice. Y la alquimia lo transportó con su alma.
Ya no habrá más dolor, solo el que la imaginación permita.
Ojos cerrados por amor.
