Zona de seguridad

Fuera de la zona de seguridad
Una torre de Babel de noticias
Nos informan que estábamos en peligro
Y que nos dejamos caer

Las heridas sangran y celebramos en el bar
Que no nos duelen porque son invisibles
Y mientras tanto nos miramos a los ojos
Ese, nuestro búnker anti-crisis

Cuatro, tres, dos, uno
Sigue el camino de flechas
Tú estás aquí, cada día menos persona
Más número divisible, quebrado y dual

Deja que los billetes fluyan
No hay era ni revolución que se les resista
Finánciate las vacaciones en el chalet de papá
En el otro lado ya desapareció el gras

Un obladí-obladá para antes de dormir
El sueño sigue en los altavoces de la disco
Y qué más hacer que sacar brillo a estas cuerdas
Enroscarse en ellas hasta vivir

No se está tan mal en la ciudad
Con ventanas al mar y a lo que pudo ser
Un huerto salvaje en cada patio
Nos devolverá la fe en nuestras manos

Busca fuera, mira dentro
Sigue el camino de flechas
Tú estás aquí, cada día menos persona
Más número divisible, quebrado y dual

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Amigos imaginarios

Los amigos imaginarios saben que calladitos se les quiere más. Ellos escuchan, asienten, cabecean justo en la dirección que nosotros deseamos. Y si tardan en reaccionar, balbucean o desprenden un halo de hastío, saben que peligra su seguridad etérea con un posible transvase a una masa de carne y huesos y sueños en forma de cuerpo mortal.

Los amigos imaginarios se quedaron sin alma el día del reparto universal. Cuando nadie les mira, desatan los cordones de las zapatillas que cuelgan de los cables de la luz y dibujan corazones sobre los cristales de las farolas de la ciudad. No hay candado ni cerradura que no sepan abrir.

Los amigos imaginarios revuelven cajones y colocan esa carta que no quieres releer encima de todas las demás. Odian ser comparados con elfos y duendecillos pues no saben reír. A veces se esconden detrás de perros o gatos cuando quieren dormir caliente. A la mañana siguiente se sacuden los pelos, preferentemente sobre pantalones negros.

Los amigos imaginarios no pagan con monedas ni billetes. Son eternos escapistas pero siempre regresan en el preciso instante en que les pensamos. Nos recuerdan que somos niños y que es bueno jugar mientras el mundo gira velozmente con sus ojos saltones intentando no salirse de las cuencas.

Los amigos imaginarios gritan cuando conseguimos poner la mente en blanco. Patalean y restriegan por toda la alfombra la mermelada de la tostada que olvidamos sobre el filo del plato. Sin alas pero tan etéreos. Sin voz y tan presentes.

Los amigos imaginarios necesitan de tus abrazos para subsistir. Casi tiernos, casi enfermos. Cuídalos. Créalos. Ámalos.

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