El muelle

El muelle separó la sombra de mi alma,
el mar unió nuestros corazones navegantes,
se hizo el sol de noche, el espejo flotante.

Eran las olas las risas del agua,
fueron los pescadores los magos del océano,
ilusionistas entre la vida y la muerte.

Buscaba el faro amantes que sorprender
en un beso húmedo, en su altar de algas,
buscaba el faro un horizonte de luz.

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Amigos imaginarios

Los amigos imaginarios saben que calladitos se les quiere más. Ellos escuchan, asienten, cabecean justo en la dirección que nosotros deseamos. Y si tardan en reaccionar, balbucean o desprenden un halo de hastío, saben que peligra su seguridad etérea con un posible transvase a una masa de carne y huesos y sueños en forma de cuerpo mortal.

Los amigos imaginarios se quedaron sin alma el día del reparto universal. Cuando nadie les mira, desatan los cordones de las zapatillas que cuelgan de los cables de la luz y dibujan corazones sobre los cristales de las farolas de la ciudad. No hay candado ni cerradura que no sepan abrir.

Los amigos imaginarios revuelven cajones y colocan esa carta que no quieres releer encima de todas las demás. Odian ser comparados con elfos y duendecillos pues no saben reír. A veces se esconden detrás de perros o gatos cuando quieren dormir caliente. A la mañana siguiente se sacuden los pelos, preferentemente sobre pantalones negros.

Los amigos imaginarios no pagan con monedas ni billetes. Son eternos escapistas pero siempre regresan en el preciso instante en que les pensamos. Nos recuerdan que somos niños y que es bueno jugar mientras el mundo gira velozmente con sus ojos saltones intentando no salirse de las cuencas.

Los amigos imaginarios gritan cuando conseguimos poner la mente en blanco. Patalean y restriegan por toda la alfombra la mermelada de la tostada que olvidamos sobre el filo del plato. Sin alas pero tan etéreos. Sin voz y tan presentes.

Los amigos imaginarios necesitan de tus abrazos para subsistir. Casi tiernos, casi enfermos. Cuídalos. Créalos. Ámalos.

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Ojos color alma

Cuando le conocí no pude distinguir bien el color de sus ojos, su mirada siempre apuntaba al suelo, a sus pisadas, a su ombligo. Él tímido, su ego envuelto en gasas oscuras.

El día que encontré su iris supe que había descubierto un nuevo color de alma. ¿Era la única persona que veía lo maravilloso de esa cortina de luz? Intentaba que no parpadeara tanto, que mirara de frente, pero más sonreía yo, más parecía detenerse su pupila en cualquier objeto menos en la mía. En un plato, en la etiqueta de una botella de vino, en la suela del zapato, en la hebilla del cinturón. Egoístamente desesperanzador.

La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Bueno, yo he tenido demasiadas de esas, y más que perderlas las he ido encontrando a mi paso. He tenido tantas que muchas de ellas transmutaron en paciencias. En las historias siempre pasa algo, en este caso pasaron las típicas y manidas tiempo y espacio. Puede que más del primero que del segundo. Y personas, y bestias, y corazones, y lágrimas, y almas en formación. Pero esos ojos siempre seguían a mi lado aunque cada vez más difuminados. Eran más el tono de la idea de un color.

Y un día llegó, y llegaste, y llegaron tus ojos a mirarse en los míos. Ya no vimos que sonreíamos. Vimos que nos podíamos zambullir el uno en el lago azul del otro y que no nos ahogábamos. Que nos podíamos beber hasta la piel. Que la tuya sabía a alma y que la mía era dulce. Éramos sabios de nuestros colores, tactos y sabores, de los recuerdos que se estaban generando entre esas sábanas.

Somos dos mares. Juntos somos un océano. Ven a mojarte. No luches, yo te meceré en mi corriente. En estas profundidades no sirven anclas. Descorre la cortina. Desnuda tus ojos. Mírame, estoy desnuda en tus ojos.

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