Mujeres y hombres

Vamos a separar esta dualidad,
el sexo del amor
y el amor de la realidad.

Veo al animal agazapado,
atento al placer
que eriza la pared detrás suyo.

Los ojos buscan sensualidad,
las manos listas
a seguir mapas sin trazar.

Sin orgullo somos seres libres,
una mala caricatura
de las nubes tras el secuestro.

La mujer se eriza sigilosa
con púas de cristal,
no da tiempo al hombre a pensar.

La voluntad es débil o fuerte,
según la lógica fiel
de cada momento, de cada latido.

Dejemos de imitarnos de lejos.
Entre la vida y yo
hay cordones umbilicales secos.

De esas viejas ambiciones nuestras
solo el presente queda,
perdido en un río de emociones.

Unamos tu verdad y mi realidad,
y viceversa, con arte,
pues esta historia aún no salió a escena.

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El camino

El camino llegaba
hasta donde no alcanzaba la vista.
Sutilmente nítido,
como filo recién cortado de cristal.

Me atrajo su lejanía,
su intocable y pulcra serenidad.
Me adentré en él,
esperando conocer al que lo creó.

Caminé como brisa,
besando cada paso en su cavidad.
¿Cuánto falta?, pregunté.
Mucho aún, ahora debes regresar.

Recogí pues cada beso
mientras desandaba mi corta vida.
Me venció la curiosidad
y volteé para ver mi sombra al final.

Y no encontré nada ya,
ni huellas ni camino, solo restos de mis ansias de verdad.

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Adiós, noche

Érase un día que dejó caer su máscara de noche y pesadumbre y nos dejó ver los poderosos rayos de su verdad.

El amor ciega como luz de la mañana reflejada en un cristal.
La luz ama cuando nos acaricia los cuerpos tendidos en sudor.
Seca la sangre que escapa a borbollones de las heridas invisibles.
La común unión de dos cuerpos se consagra en este torpe y mullido altar.
No hay oscuridad que unos ojos abiertos no pueda resquebrajar.
Fibras sensibles sobre bastas urdimbres borrachas de alcohol.
Instrucciones para dejar reposar este amor y volverlo creíble.

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Invisible

Dame un poco de tu piel novel, yo puse toda la mía en el fuego.

Cúbreme los silencios, tararéame al compás de estos latidos de cristal.

¿No ves que no sé dónde estoy? Mis átomos están perdidos en la ciudad, pisoteados, ninguneados, comida para palomas.

Dame una poca de tu indiferencia, condiméntame las ganas.

Ordéname los huesos, átame tu bandera a este mástil de viento.

¿No ves que somos poca luz en un cuenco de aire? Llámame nadie porque ya soy tan invisible como tú.

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