Debilidad

Duda de un amor que no esté preñado de dudas
Duda de ti si no eres un cobarde
Limpia la cama de malos sueños
Abrígala con tu sangre y con tu cuerpo

El alma es fuerte, el cuerpo es débil
Así debería ser, mas nadie es fuerte
Ni siquiera la longitud de un abrazo

¿Por qué no eres más clara con la vida?
Porque le contesto en su lengua de neblina
Y combatimos fríos nuevos con fuegos antiguos

No voy a parar de juntar letras
Hasta que trepen al cielo y su aleteo
Seque cada una de mis lágrimas
Fin de mis días, hábito de mis noches

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Caras

Caras que miran caras que miran un muro

Caras en un espejo de baño sin marcas de rouge

Caras planas, caras conectadas a una fuente de luz

Caras que abandonaron mil veces la dieta del amor

Somos caras baratas, desechables, sustituibles

Caras nómadas, vagabundas entre el alma y el cuerpo

Caras sedientas de rostros que las definan

Somos caras y es lo único que nos queda en pie

Caras en mutación, caras en crisis de identidad

Caras sin reconocer, como hijos sin destino

Caras torpes que se volvieron bosque de ciudad

Caras, dobles máscaras

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Adiós, noche

Érase un día que dejó caer su máscara de noche y pesadumbre y nos dejó ver los poderosos rayos de su verdad.

El amor ciega como luz de la mañana reflejada en un cristal.
La luz ama cuando nos acaricia los cuerpos tendidos en sudor.
Seca la sangre que escapa a borbollones de las heridas invisibles.
La común unión de dos cuerpos se consagra en este torpe y mullido altar.
No hay oscuridad que unos ojos abiertos no pueda resquebrajar.
Fibras sensibles sobre bastas urdimbres borrachas de alcohol.
Instrucciones para dejar reposar este amor y volverlo creíble.

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Amigos imaginarios

Los amigos imaginarios saben que calladitos se les quiere más. Ellos escuchan, asienten, cabecean justo en la dirección que nosotros deseamos. Y si tardan en reaccionar, balbucean o desprenden un halo de hastío, saben que peligra su seguridad etérea con un posible transvase a una masa de carne y huesos y sueños en forma de cuerpo mortal.

Los amigos imaginarios se quedaron sin alma el día del reparto universal. Cuando nadie les mira, desatan los cordones de las zapatillas que cuelgan de los cables de la luz y dibujan corazones sobre los cristales de las farolas de la ciudad. No hay candado ni cerradura que no sepan abrir.

Los amigos imaginarios revuelven cajones y colocan esa carta que no quieres releer encima de todas las demás. Odian ser comparados con elfos y duendecillos pues no saben reír. A veces se esconden detrás de perros o gatos cuando quieren dormir caliente. A la mañana siguiente se sacuden los pelos, preferentemente sobre pantalones negros.

Los amigos imaginarios no pagan con monedas ni billetes. Son eternos escapistas pero siempre regresan en el preciso instante en que les pensamos. Nos recuerdan que somos niños y que es bueno jugar mientras el mundo gira velozmente con sus ojos saltones intentando no salirse de las cuencas.

Los amigos imaginarios gritan cuando conseguimos poner la mente en blanco. Patalean y restriegan por toda la alfombra la mermelada de la tostada que olvidamos sobre el filo del plato. Sin alas pero tan etéreos. Sin voz y tan presentes.

Los amigos imaginarios necesitan de tus abrazos para subsistir. Casi tiernos, casi enfermos. Cuídalos. Créalos. Ámalos.

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Silencio

La casa se construyó alrededor de un patio. El patio no existió hasta que se elevaron los muros a su alrededor. El cuerpo quiso abrazar esos muros y nombrarlos hogar. Las paredes gemían cuando el viento quería invadir su espacio secreto. La ausencia lloraba sobre la fuente del patio cuando cesaba la lluvia. La orquesta tocaba frente a la puerta y acentuaba los anillos en la madera.

¿Dónde vives, silencio? ¿Dónde naces? ¿Dónde mueres?

En cada casa, en cada patio, en cada muro.

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