El lado oscuro

El lado oscuro del corazón
Ve crecer las sombras sin ti.

El lado oscuro de la razón
Te ama a ciegas, destila brea.

El lado oscuro de Madrid
Te envidia el sueño bajo los puentes.

El lado oscuro de mí eres tú,
Ave de paso a contracorriente de la bandada.

El lado oscuro de ti soy yo,
Duda caída del nido, silencio y emoción.

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Mala memoria

Tengo un cuervo que en cada nuevo amanecer hinca su pico en mi cerebro, escarba, voltea, embarulla; con ganas o indolentemente, pero siempre a la búsqueda de ese recuerdo que se ha ido escurriendo hacia abajo, al fondo olvidado de entre toda la maraña. Estabas aquí, dice. Sal, no te escondas. Hoy es tu día. Brilla.

Los hay pesados como una lápida y livianos como nube de cielo de verano.

No hay dos iguales, pero pueden salir de dos en dos, encadenados como estaban por su tiempo o por su espacio.

El cuervo gusta de sacar primero los de tonalidad ocre, o quizás los de un sepia apolillado. Los deposita sobre la cornisa para que los elementos les devuelvan la emoción, un calor y olor perdidos. Él llama a este momento el baño de la memoria. Nadie se puede acercar a este improvisado altar sin marcharse con unos merecidos picotazos. Nadie nunca se ha podido llevar estos recuerdos en coma a otro cuerpo o a una caja llena de cartas y fotografías desvaídas.

Por ejemplo, hoy el cuervo encontró un recuerdo feliz aunque amarillento. Una sombra en un camino de tierra. Unas ruedas, unos brazos aferrados a un manillar, otras manos sujetando la rueda trasera, o ¿la estaban impulsando? Una sonrisa y una nueva libertad.

El recuerdo volvió a brillar como el sol de esa tarde estival. Y volvió a morir, como murió esa niña que tontamente se olvidó de mirar a la cara a quien le enseñó a montar ese día en bicicleta.

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