Con las ganas intactas de matar

Llegaba a su casa cada día
con las ganas intactas de matar.
Todo lo que había sobrevivido
era rabia, bilis, su veneno fiel.

Las sonrisas nacidas al alba
se habían ahogado en el primer café.
Sin rechistar, sin patalear,
morían sin llegar a resonar.

Las buenas intenciones, una a una,
eran pisoteadas camino al trabajo.
Todos, a su paso, como él,
evitaban mirar lo que destruían.

Mañana haré algo, se dijo.
Miraré a los ojos a quien me ignore.
Viajaré de su pupila a su alma
hasta toparme con su frío.

Y le entregaré estas ganas de matar
para que las congele su indiferencia.
Quedaré libre de pecado, sin la culpa,
por fin, de haber matado mi felicidad.

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Invisible

Dame un poco de tu piel novel, yo puse toda la mía en el fuego.

Cúbreme los silencios, tararéame al compás de estos latidos de cristal.

¿No ves que no sé dónde estoy? Mis átomos están perdidos en la ciudad, pisoteados, ninguneados, comida para palomas.

Dame una poca de tu indiferencia, condiméntame las ganas.

Ordéname los huesos, átame tu bandera a este mástil de viento.

¿No ves que somos poca luz en un cuenco de aire? Llámame nadie porque ya soy tan invisible como tú.

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