La sombra del lago

En el filo de la ventana
que no corta la carne
sino el viento entre fuera y dentro.

Planto la barrera de luz
frente a cielos estrellados
y manos que no saben qué agua besar.

La naturaleza aplaude lejos,
se sacude las gotas de amor
y moja el sudario de tierra yerma.

Sobra una hoja en mi pelo,
vuela de mí hasta su muerte,
donde las vírgenes lloran sus hijos.

La sombra del lago convexo es
niña, mujer, anciana de plata,
tumba de todo lo que hizo y ya olvidó.

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Caracola de ciudad

Soy una caracola de ciudad sobre un tejado efímero. Dispuesta a todos los que desean escapar de la urbe. Nacarada al tacto, mis arrugas son imperceptibles muescas del paso del tiempo entre mano y mano. Un desahogo gigante, una oreja descomunal, sirviente callada, una geisha occidental.

Quien me tiene bien aferrada se moja el pensamiento en mi mar interior, un lago salado con oleaje de salvación. Quien me apoya sobre su almohada navega en sueños al escuchar mi crepitar de burbujas.

Aquí dentro el silencio es utopía, el agua nunca descansa. En mi forma de caracola soy inmortal.

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Blu

Blu, blue, azul.
Todas las personas somos colores,
pero solo a algunas les define un color.

Azul es cielo, uno, infinito.
Azul es ausencia de nubes.

El azul cría aves y las sostiene con sus manos de viento.

Azul es arriba y es abajo.
El azul deja brotar lágrimas transparentes
que se coloran en los afortunados recipientes.

Azul es espejo y es mar.
Azul es remolino en un lago de montaña.

Azul es pez que boquea, salta, baila con las ondas.

Azul es espacio y es melodía.
Azul es canción de cuna.

Azul es manto y oración para las almas perdidas.
Azul es vida.

Para Marilena da Rold.

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