Frío

Todo está frío.
Cada poro con su gota.
Cada gota con su temblor.

Me sumerjo.
Los latidos nadan libres
y los peces besan mis miedos.

Abro los ojos.
Busco el último color de la tarde.
La luna vigila ya entre los pinos.

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¿A dónde?

¿A dónde te diriges?
¿No ves que no me ves?
El barniz donde se reflejan tus demonios
solo sabe de vidas pasadas no vividas.

¿A dónde me llevas?
¿Al aire que mece la nube?
Desde tu prisión de amaneceres eternos
llega el grito de una luna virgen nueva.

¿A dónde?
¿Hasta la muerte?
La quietud que te desabrocha el alma
se relame en los latidos de tu postrer corazón.

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Un te amo

Dos cafés. Un bar. Una mesa cerca de la ventana, a la vista de los transeuntes y de los clientes.

Explícame que pretendías decir con ese te amo. Sabes que esas son palabras mayores. Yo amo pocas cosas. Amo a mi madre, a algunos miembros de mi familia, bueno, ya sabes cómo son, a mi sofá, a… a mí. Me amo, sí. Y no me sobra mucho amor al final del día. No para ti.

El silencio afiló sus garras. Las conversaciones de las otras mesas enmudecieron. Sus latidos giraban a la velocidad de su cucharilla en la taza. Alzó la mirada. Las pupilas de ella dos grandes puntos de interrogación.

No sé. Mmmmm… No le des importancia. Son cosas que se dicen. En las películas. Se me habrá pegado de escucharlo en algún lugar. Olvídalo. ¿Qué película íbamos a ver?

El bar cobró vida de nuevo.

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Invisible

Dame un poco de tu piel novel, yo puse toda la mía en el fuego.

Cúbreme los silencios, tararéame al compás de estos latidos de cristal.

¿No ves que no sé dónde estoy? Mis átomos están perdidos en la ciudad, pisoteados, ninguneados, comida para palomas.

Dame una poca de tu indiferencia, condiméntame las ganas.

Ordéname los huesos, átame tu bandera a este mástil de viento.

¿No ves que somos poca luz en un cuenco de aire? Llámame nadie porque ya soy tan invisible como tú.

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