Los ojos del río

Niña, te tomo prestada la palabra,
la vista, el oído y el corazón.

Ya sé que no es este tu río,
lo sé, tú nunca tuviste uno.

Pero niña, ayúdame si puedes.
Cierra los ojos, sumérgete aquí.

¿Qué ves? Anda, niña, quiero
bañarme en tu limpia mirada.

«Veo un río de estrellas».
¿Solo, mi niña? No me hagas sufrir.

«No, no temas, no lo haré…
Escucho grillos en la lejanía.

Dentro del río olor de adelfas,
gotas de néctar sobre mis dedos.

Siento una mano en la mejilla,
el principio de un abrazo.

Un dedo me indica abajo un carro,
mas prefiero unir las líneas de mi mano.

Hace frío aquí en el manto de luz y
me hago chiquita hasta ser solo grito.

Alguien volvió a pedir un deseo,
todo se alborota y se mueve veloz.

¡Ah! Mira qué guapa se puso la luna.
El viento cesó, ella se mira en el río.

Se terminó el abrazo, ya me diluyo.
Salgo del río, mi madre me seca».

¿Es eso todo lo que ves, niña mía?
«Sí, ya mi corazón contigo regresó».

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Sin filtro

Fantasma caliente.
Arena en los ojos.
Libro de sal.

Fue esta noche que soplé y el viento se retiró a su morada invernal.
Fue que viví y el castillo de días se desplomó.
Fue que amé y las guerras ondearon su bandera roja de muerte.

Simple como el mar.
Amable como el sol.
Duro como piedra de catástrofe.

Fue un rayo de noche el que me despertó.
Y el fuego primigenio leyó las líneas de mi mano.
Fue porque nací que no me olvido de ser.

Madre lejana.
Acúname.
Padre mío. Perdónate.

Fue el remordimiento el que volcó la paciencia.
Fue un abrazo el que desató las ganas.
Es la misión que incumplo la garantía de no llegar jamás al horizonte.

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