Sierra pequeña

Vuelvo a sentarme bajo la mimosa. No queda una sola baldosa entera sobre la que apoyar mi recuerdo humeante.
El anillo de mis meriendas es ahora un nido de hojas. Casa de nadie.
Mi mirada serpentea por el camino hacia la cueva del agua maldita. Ésa en la que osar introducir mi mano consistía el reto del día.
Arañas, lagartijas, abejorros me saludan de regreso a su mundo abandonado.
Paseo mi mano entre los dedos pegajosos de la adelfa. Frente a mí el suelo que ya no riego, el árbol con mi nombre que no quiso crecer.
Del otro lado, el óxido pinta un grafiti abstracto sobre la cal que ya no es blanca.
Las rejas protegen este fortín de memorias de ojos profanos. Invitan a pasar de largo y bordear sus ángulos.
La vida está detrás, entre los olivos de cortezas sagradas. Una pugna por sobrevivir entre piedras y tierra dura.
Un alcornoque destaca cual atalaya silenciosa. Ofrece sus ramas fuertes, de abrazo o columpio.
La muerte trepa por él. La vida desciende de mí. Nos encontraremos en esa nube clara.

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Un abrazo

Un abrazo tiene el sonido de dos alientos y un compás de huesos.
Un baile inmóvil de células que despiertan.
Del color de unos ojos clavados en la nada.
Un techo movedizo y una cama de carne.

Un abrazo se mueve sibilino y majestuoso buscando su corona.
Se alimenta de esperas e inquietudes vanas.
Duerme desvalido, andrajoso, sediento de piel.
Ciego a las piedras y hoyos del camino.

Un abrazo ni se da ni se recibe, se contempla desde dentro.
Ajeno al amor y al odio, a rencores y amistades.
Endulzado con lágrimas que brotan de sus poros.
Se dispone a morir cumplidas las veinticuatro horas.

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Indolencia

Duéleme en los huesos, no en las lágrimas. El corazón pierde el paso entre dolor y dolor.
Duéleme despacio, que dure hasta la muerte. Expiran las palabras no dichas.
Duéleme en lo profundo de la piel. Donde se desvela el alma al amanecer.
Duéleme mucho, de poquito a poco. El tiempo se hunde en venas movedizas.
Duéleme con los ojos cerrados. Se refleja la noche en las sonrisas.
Duéleme en la raíz del pensamiento. Las ramas al viento no mecen escozor.
Duéleme en la niña que no sabe crecer. Olvida la cara si no llega el querer.

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Sin filtro

Fantasma caliente.
Arena en los ojos.
Libro de sal.

Fue esta noche que soplé y el viento se retiró a su morada invernal.
Fue que viví y el castillo de días se desplomó.
Fue que amé y las guerras ondearon su bandera roja de muerte.

Simple como el mar.
Amable como el sol.
Duro como piedra de catástrofe.

Fue un rayo de noche el que me despertó.
Y el fuego primigenio leyó las líneas de mi mano.
Fue porque nací que no me olvido de ser.

Madre lejana.
Acúname.
Padre mío. Perdónate.

Fue el remordimiento el que volcó la paciencia.
Fue un abrazo el que desató las ganas.
Es la misión que incumplo la garantía de no llegar jamás al horizonte.

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