El mundo habló

El mundo me muestra sus dientes,
¿es eso una sonrisa, una mueca
o el inicio de un mordisco?

Le ofrezco mis ojos cansados,
la ofrenda de todo lo que no veré
si me permite continuar mi camino.

El mundo habla, no más ojos,
no hasta que se sequen mis ríos.
Entonces qué, me digo y repito.

Nada de ojos, olvida las manos
y tus pechos, tengo de sobra
de buenas intenciones.

Susurra ahora tranquilo,
quiero tu corazón colmado
de sueños y amores por cumplir.

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Hoy no es mi cumpleaños

Recuerdo mi último cumpleaños,
la ilusión infantil hecha añicos.

Me contagié de un aliento viciado,
del derrumbe de unos ojos en vilo.

¿Sabes cuántos años cumples?
Los suficientes para seguir esperando.

«Es un día como otro cualquiera»,
pensé al dejar mi sonrisa entreabierta.

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La ciudad habla

Esta ciudad constipada
tose y escupe humo con alquitrán.
De ojos azules vidrio,
llora cual ciego vagabundo inmortal.
Su música de pisadas
inquieta el oído virgen de un bebé.
Duele su insomnio vulgar,
queman sus noches sin medida ni final.
La ciudad habla bajito,
congela su eco el trébol por brotar.
No desea epitafio,
solo un lecho de ruinas sin masticar.

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La mirada de Onetti

Dejá de mirar que te miro.
Dejá de susurrar, ventrílocuo feroz.

Las calles presienten tu vuelo,
un tornado de letras al viento.

Ya no te miro más, ta.
Te dejo con tu desnudez de brisa leve.

Así aún, ¿me permitís secar tus ojos?
Dejame llevar tu bruma en mi pañuelo.

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Hierba de noche

Juntaba los dedos en oración,
la tierra removida a sus pies
de tanto pensar.

El cielo movía sus ojos de luz
arriba y abajo buscando señales,
el hábito diario.

Reía la noche, la veía dormir
acurrucada en la raíz del sauce,
nudos de savia.

Por fin llegó la hora húmeda,
oscuridad nacida para escarbar,
hierba de noche.

Para Estefanía González

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