Arañas en el ombligo

Arañas en el ombligo, hilos de vida. Bésame ahí donde sacudieron sus patas las arañas. A la entrada de la cueva no hay ojos que te vigilen. Eres libre de entrar. Eres libre de tener miedo. Eres libre de invocar a la fiera.

Arañas en el ombligo, piel mancillada. Deja caer pétalos sobre sus ojos. La luz es su pesadilla. No existe un camino, solo una planicie de piel lechosa infinita. Estás atrapado en tu libertad. Estás armado. Di lo que sientes.

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De todas las vidas

De todas las vidas que puedo elegir, me quedo con ésta que me deja en coma.
Si la vivo, me vuelve inútil.
Si la saboreo, me amodorra.
Si la estiro, me golpea en la cara.
De todos los despertares, elijo éste en el que no consigo abrir los ojos.

Y me quedo dentro. Suave. Oscura. Sin temor. Tan acompañada. Líquida. Sin meta. Imparable.

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Un abrazo

Un abrazo tiene el sonido de dos alientos y un compás de huesos.
Un baile inmóvil de células que despiertan.
Del color de unos ojos clavados en la nada.
Un techo movedizo y una cama de carne.

Un abrazo se mueve sibilino y majestuoso buscando su corona.
Se alimenta de esperas e inquietudes vanas.
Duerme desvalido, andrajoso, sediento de piel.
Ciego a las piedras y hoyos del camino.

Un abrazo ni se da ni se recibe, se contempla desde dentro.
Ajeno al amor y al odio, a rencores y amistades.
Endulzado con lágrimas que brotan de sus poros.
Se dispone a morir cumplidas las veinticuatro horas.

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Indolencia

Duéleme en los huesos, no en las lágrimas. El corazón pierde el paso entre dolor y dolor.
Duéleme despacio, que dure hasta la muerte. Expiran las palabras no dichas.
Duéleme en lo profundo de la piel. Donde se desvela el alma al amanecer.
Duéleme mucho, de poquito a poco. El tiempo se hunde en venas movedizas.
Duéleme con los ojos cerrados. Se refleja la noche en las sonrisas.
Duéleme en la raíz del pensamiento. Las ramas al viento no mecen escozor.
Duéleme en la niña que no sabe crecer. Olvida la cara si no llega el querer.

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El niño cebolla

El niño cebolla no hace llorar. Nada de eso. El niño cebolla aprendió a quitarse los abrigos, las mantas, las capas y las sombras que cubrían su alma.

Y aprendió a volar con solo cerrar los ojos. Y vio ciudades crecer, campos fructificar, mares mecerse suavemente con la luna.

El niño cebolla no se traga las palabras sino que las deposita cadenciosamente en la punta de su lengua. Las lame, las besa, las acaricia. Las muerde y ellas solitas se colocan en el orden justo. Es cuando te desarma. Te desvela y te desfiguras.

Se mira en el espejo de unos ojos que le ignoran. Y esa es su lucha. No desvanecerse. Sin encenderse. Sin llorar. Crecer y romper más barreras. Propias y ajenas.

El niño cebolla se ata los cordones de los zapatos a la tierra.

El niño dentro del niño.

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