Sin sueños

Nunca tuve sueños,
hasta ahora me alimenté
de todas las sonrisas fugaces.

Estás vacía, me decía.
Estás llena de nada.
Sabes que estás muerta por dentro.

Es desidia, es pereza,
es orgullo, es error.
Sublime en mi inhumanidad.

Cansa nadar lento
contra la corriente.
Cansa luchar y no llegar nunca.

Yo nado al centro
del mar inmenso.
Ondas en el horizonte azul.

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Blu

Blu, blue, azul.
Todas las personas somos colores,
pero solo a algunas les define un color.

Azul es cielo, uno, infinito.
Azul es ausencia de nubes.

El azul cría aves y las sostiene con sus manos de viento.

Azul es arriba y es abajo.
El azul deja brotar lágrimas transparentes
que se coloran en los afortunados recipientes.

Azul es espejo y es mar.
Azul es remolino en un lago de montaña.

Azul es pez que boquea, salta, baila con las ondas.

Azul es espacio y es melodía.
Azul es canción de cuna.

Azul es manto y oración para las almas perdidas.
Azul es vida.

Para Marilena da Rold.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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