Mientras, la tormenta

Bajo la corteza
el rayo se agazapa.
Un aullido en la casa
despierta a la tormenta.
Fuera, dentro,
todo es uno en el ruido.

Comienza débil la lluvia,
conversación de vecinas
en el portal.
Se hace fuerte y clara
cuando el viento
las empuja dentro.

Los cuerpos húmedos
no saben de pesadillas,
sueñan con soles líquidos
y jirones de pálidas nubes
con los que adornarse
los cabellos sueltos.

En el caserón
las piedras no dejan sitio
para más heridas,
y los recuerdos prefieren irse,
silenciosos y libres de miedo,
hasta el viejo palomar.

Dos antorchas de luz
levitan sobre la loma verde.
Se aproximan a la ventana
en su descenso diagonal,
hasta que llaman al portón,
y exhaustas, mueren.

Todo sucede,
mientras,
la tormenta.

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Alfama

Siempre encuentro las manos que recogen la ropa.
Desafío al vacío, a la desnudez de la calle.
Ventanas sueltas cogidas con pinzas.
Almas reunidas en palomares urbanos.

Mi peso descansa sobre un banco verde
Encadenado al árbol que mira cómo vuelas.
Le encargo a la señora que planche mi melancolía.
No hay paz en estas calles que quiera ser compartida.

Guiño al sol que me levanta la falda.
El mar se eleva, abre sus fauces la luna.
Desgarra el viento las horas y las dudas
De un invierno desencantado que soñó con ser niño.

Lisboa se protege la piel de mosaicos con lluvia.
Brilla sin espejos, se quiebra en silencio.
Regresa a la edad de plata, dormita.
Sufre de amnesia, remonta ríos por inercia.

Encabritados los hombres, reniegan de las mujeres.
Se concentran en manadas, se escudan tras el yugo.
Devoran con avidez los restos de un pasado
Que les encumbró a ciegas a lomos del mundo.

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