Jardín secreto

Se enredan las noches
en el perfume de los días.
Paseo de incógnito mis huellas
hacia el recodo más umbrío.

Me encierro allí, donde
la libertad es más húmeda,
donde raíces acarician mi pelo
y calman mi insomnio.

Son ya varias veces
que regreso fiel a mi cita
en el jardín secreto, a charlarme
hasta quedar dormida.

Es tan bello este sueño,
verde, tan fresco el crepitar
de lágrimas sobre alfombras de flores,
que no quiero despertar.

No quiero más amaneceres
en mitad de la noche, no más
flores cortadas en su plenitud, no más
secretos. Explosión de jardines.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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