La catedral

La pintura formaba parte de la decoración de la casa. Tanto que se había vuelto invisible. Pero no para él. Sentado frente a la televisión, en una penumbra acogedora, las luces y flashes de la pantalla iluminaban con rápidos destellos el cuadro. El partido de fútbol se había desvanecido hace rato ya. No podía quitarle el ojo a esa pintura. Una vista frontal de una catedral, piedra arenisca, y una hilera de espigados cipreses a su izquierda.

No había manera de detenerse en los detalles arquitectónicos. La mano era tosca. Bloques de color que formaban bloques que se elevaban hasta el cielo.

Cerró los ojos y se vio sentado dentro de aquel espacio oprimente. Y, sin embargo, sonreía. Un viento perfumado de incienso antiguo le invadió. En un instante había regresado al lugar donde tantas veces sus pensamientos se habían alineado y puesto en orden. Una paz mentirosa, pero tan parecida a la que ahora experimentaba en medio del bosque, cruzando un reguero de agua, abarcando el tronco de un árbol que le devolvía el abrazo con la sombra de sus ramas.

Debía deshacerse del cuadro. Su novia ya se lo había advertido. Antes del Sabbat de Belotenia. La televisión podía permanecer y ser utilizada con moderación. Esa catedral representa todo lo que nosotros los paganos no somos, le decía. Pero a él le daba paz contemplarla.

No quería más problemas. Se levantó, descolgó la tela y le dio la vuelta. La apoyó contra la pared. Leyó: «No olvides de dónde eres. Con cariño, tu padre».

La madera servirá como base para algún collage, dijo en voz alta.

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Un, dos, tres, colapso

El colapso siempre llega antes de que el diez aparezca en el horizonte. En nuestra boca, en nuestras fuerzas, en el corazón. Somos seres débiles y colapsamos cuando más seguros estamos.

Hay colapsos regresivos que nos impiden llegar a la meta, al uno. A la unión. Al ego. Al yo. Al tú. Al éxtasis.

Los hay disléxicos, danzarines, saltimbanquis, de los que se paran sobre los errores del camino, no atinan con el orden y nos ponen perdida la razón y la lógica. Pero siempre llega, el colapso.

El colapso no sabe bailar pero te lleva bien sujeto de la cintura. Te sacude y cimbrea de lado a lado hasta que caes como ficha de dominó.

Hace falta otro colapso para sacarnos del colapso. Algunos necesitan un terremoto, otros una tormenta, y a otros les basta el roce de una lágrima.

Está dormitando mi colapso. Le echo de menos. Voy a empezar a contar: un, dos, tres…

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Invisible

Dame un poco de tu piel novel, yo puse toda la mía en el fuego.

Cúbreme los silencios, tararéame al compás de estos latidos de cristal.

¿No ves que no sé dónde estoy? Mis átomos están perdidos en la ciudad, pisoteados, ninguneados, comida para palomas.

Dame una poca de tu indiferencia, condiméntame las ganas.

Ordéname los huesos, átame tu bandera a este mástil de viento.

¿No ves que somos poca luz en un cuenco de aire? Llámame nadie porque ya soy tan invisible como tú.

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