Escritura silenciosa

Llega de un vértice de ti
hasta el centro mismo donde me derramo.

Me escribes, me cantas, me lees
cuando me baño en silencios públicos.

No hay prisa lógica por ser
capitán de unas olas si no escucho el viento.

Junto letras que están vivas
para honrar a los que me dejarán morir.

La sed, el hambre, soy yo,
que cumplo promesas que nadie me pide.

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El río del cielo

Una vez fui hambre de mar,
entre olivos y moras solía caminar,
y la vida, una lagartija,
troceada entre comidas,
no cesaba de multiplicarse y vibrar.

La ciudad y sus mentiras
me volvieron a engañar.
El mar quedaba lejos, muy lejos,
los neones no eran faros,
tampoco puerto ni final.

Elevé mil cantos de sirena
a los cuatro vientos del cielo, al mar.
Todo fue en vano. Abandoné la niña
entre prisas de amores vendaval,
dejando las puertas del alma sin cerrar.

Tumbada sobre piedras ardientes
mi mirada se volvió rastrojo quemado,
campo en barbecho dócil como el pan.
A la espera de una visión alucinante,
a la espera de un río en el cielo. El mar.

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Cenicero de pasiones

El amor se desgasta de tanto tironear la pasión
De medir cómo crecen de rápido sus uñas
De moverle las latitudes sin notificación

Cuida mi alma y te regalo un beso imborrable
Rojo, solitario, digno de un rey vagabundo
Solo quedará de mí un hambre insaciable

Toda música se crea en oídos ajenos
Todo amor es barro, arcilla de divinidades
Amorfo cenicero de pasiones y celos

Te deseo vida después de que apagues
La soledad infinita que hoy es tu colchón
Mañana será horizonte de muchas muertes

A Gustavo Cerati

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Brillo impuro

Déjame esa nube de postre.
Algodón dulce puro.

Escúchame entre el enjambre.
Miel y piel y jugo.

Báñame antes del desastre.
Río sin fin oscuro.

Límame el alma, dale lustre.
Hoja de brillo impuro.

Escríbeme desde el hombre.
Franco, invisible, uno.

Vuela y salta sobre mi lumbre.
Consuelo del muro.

Olvida la guerra y el hambre.
Ya no queda mundo.

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