La octava vida

Me quedé ahí plantada,
con los ojos cerrados
respirando abandono.

Con dos pasos invisibles
recorrí su historia,
me ahogué en su pena.

Escalones al olvido,
diecisiete paredes,
esqueleto del suspiro.

Un gato dulce sin alma
es ahora su dueño.
Lar de su octava vida.

Cae la mañana húmeda,
recuerda horas tibias,
el postrer giro de llave.

A la ciudad de Porto

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Me declaro Eva

Me declaro Eva,
culpable de mi herencia,
poco más que un cliché velado.

En busca del cielo
abro los ojos de noche,
alas heridas en pleno vuelo.

Viaja la poesía
veloz cual enamorado,
a su paso jirones de tierra.

Deseo de amnesia,
historia en blanco de mí.
No más lágrimas sin comandante.

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Sudores

Esta no es una historia, este es un río que no tiene cauce. Una nube de vapor que se posa igual sobre una flor que sobre un perro. Esta es una gota informe. Es un aliento mortal y primigenio. Es la resaca de una vida por desahuciar. Es el durante que encierra un gemido. Un alarido húmedo de entrañas esparcidas sobre el lecho, listas para ser destino y lectura y comida para almas carroñeras. Este es un sudor licuado de piel.

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El sillón rojo

Madrid. Una calle a oscuras. Unos árboles pelados por las garras del invierno que aún no quiere soltar su piel. Un sillón rojo. Roto. Descalabrado. Un recuerdo abandonado en la acera. Un recuerdo muerto que ahora es mío. Yo, yo le doy vida. Yo le invento una historia que no tendrá.

Un sillón rojo. Otro remanso de caos en la ciudad. Un hombre sentado al sol que espera la lluvia para levantarse y volver a su casa. A su cuarto en el que nadie le espera y donde no hay espacio para ese sillón rojo.

Ahora los transeuntes ven el sillón rojo. Miran al hombre que sentado sobre la mugre parece esperar tiempos mejores y una lluvia que empape menos. Todos miran, nadie habla. En realidad, todos hablan y son una sola voz. En verdad nadie le mira.

El hombre cierra los ojos y eleva la mirada al cielo. Un milagro, una tormenta, una sacudida que le obligue a abandonar esa falsa comodidad. Ya está durando demasiado esa paz que solo un sol así de radiante puede dar.

Las horas pasan, y no llueve. El sillón rojo se destiñe en rosa. El hombre no está. El sillón rojo ya no le recuerda.

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