La octava vida

Me quedé ahí plantada,
con los ojos cerrados
respirando abandono.

Con dos pasos invisibles
recorrí su historia,
me ahogué en su pena.

Escalones al olvido,
diecisiete paredes,
esqueleto del suspiro.

Un gato dulce sin alma
es ahora su dueño.
Lar de su octava vida.

Cae la mañana húmeda,
recuerda horas tibias,
el postrer giro de llave.

A la ciudad de Porto

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