Mediodía

No vengo de comprar el pan,
ni el periódico ni la leche,
pero me siento en el banco
todavía húmedo como si lo hubiera hecho.

Las manos en los bolsillos
del abrigo buscan instintivamente
migas para alegrar a las palomas.
Mas solo guardan el tibio final de la mañana.

El mediodía ilumina triste
las gotas sobre la hierba
que aún resisten el tiempo.
El sol se escapa silencioso a otro barrio.

Los aviones allá arriba juegan
a formar nubes a su paso.
Tras unos segundos, la línea
se quiebra y el azul la devora con ansia.

Este podría ser mi banco,
o aquel otro enfrente mío
ser mi lugar en el mundo,
pero ¿quién quiere sentarse a ver derrumbarse el mundo?

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Mediodía en el parque

Hay un murmullo que se cuelga de las ramas
y una huella olvidada de bola de petanca.

El cielo se abre cuando cruza este oasis
y unos niños cambian su móvil por el fútbol.

Un billete falso aflora entre la arena de juego,
a salvo de las palomas y del peso del tiempo.

La duda se mece y ríe alto en el balancín,
al otro lado, sentada, la felicidad del hombre.

El vagabundo perdió también sus gafas aquí,
cada noticia en el periódico una caricia de letras.

Un café espera el vapor de la explosión del sol,
y también las mantas dobladas junto a la reja.

Los árboles se alinean para dejarnos su reposo,
variable sombra a sus pies, como el viento que me besa.

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Mi único recuerdo de la guerra fue…

Mi único recuerdo de la guerra fue la muerte de mi hermano.

No serían más de las doce del mediodía, y el llanto de mi hermano recién nacido resonaba en las cortezas del alcornocal. Superaban los gritos de mi madre entre los muros de la casa. Todo era posible, la vida o la muerte; y la comadrona ladeó la cabeza. Sí, yo lo vi, fue un leve no.

Una vez enjuagada la sangre, pude abrazar por primera y última vez esa carne tan blanca, tan blanda y tan extraña. El sol me cegaba cuando quise escapar del dolor de su visión. Ya nunca más temería la muerte. La guerra fue solo un giro de cabeza.

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