Buena gente, gente buena

En la ausencia de máscaras
nos adivinamos hermanos.
Enarbolamos defectos como bandera.
Y felices, tras saciarnos
de estrellas y nubes,
escondemos los colmillos
bajo el labio, con familiaridad.

Fuera, el mundo ruge.
Nos pide la vida
pagar peaje por esta paz
extraordinaria.
Nuestros cuerpos,
la piel, la luz,
la última meta y barrera.

Es preciso acallar
la paz de los buenos,
el silencio justo
de los inconformistas.
No vaya a ser que alguien
nos descubra
y nos señale con el dedo.

Forzados a regalar paz
solo a las almas que sobreviven
una, dos guerras.
No puede haber descanso
para los pacifistas,
ni perdón o absolución
para los omnipotentes de corazón.

Nuestro sino, es pues,
convertirnos
en los desheredados de Dios,
en los descastados
del rebaño.
Buena gente, gente buena,
pero solos.

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Elogio del deshacer

Mi mundo interior es un desierto.
Mi mundo interior no tiene olas.
Ni capullos, ni libélulas.
Mi mundo es un erial.

Renacuajos, paz, sol bajo las piedras.
Se impone fuera un eco de grillos,
un verano que se agota,
la fatiga al respirar.

Desayuno con licor las prisas de ayer.
Nutro mi corazón, que no sabe de horarios.
Hoy no haré nada,
hoy dejaré de latir.

De repente, la voz del último silencio.
El deseo de todo y nada, súbitamente.
Ansia por deshacer
todo lo por vivir.

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Resistencia

Lo veo llegar.
Quiere controlar mi lengua y mis manos,
quiere hacerme morder las uñas hasta la sangre,
mas me resisto.

Respiro noche.
Cuento las estrellas en el firmamento,
pienso una forma, un pez, y lo exhalo en nube.
Juego sola.

Falta la luna.
Es necesaria una luz que señale la paz,
es obligatorio perdonar esos pensamientos fugaces,
impuros.

Somos libres.
Para elegir hacer daño hay que ser libre,
para elegir no hacer daño hay que ser valiente,
y resistir.

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Camino sin ruido

Hay un camino sin ruido
en el que no estoy.
Uno sin peso ni calor.
En el que el frío en su transparencia acalla todos los gritos.

Hay una vereda verde donde
el agua moja los pétalos
en su desnudez impía.
Vereda que se lanza en una curva de largas luces tangentes.

Hay una senda de paz
transitada por nadie,
imaginada por todos.
Una bajo nuestros pies que, en vez de recorrer, pisoteamos.

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La piedra en el cielo

Vagan mis ojos lentos
al paso de las hojas.
Hojas de un fiel blanco,
paraíso de poetas.

El cielo doma la tarde,
la estira, masca, doblega.
La noche espera su turno
sobre las margaritas desnuda.

Me quiere, no me quiere,
la vida en un pétalo.
Una masacre alba sin sentido,
un pasatiempo en los labios.

El trabajo, las horas de hoy,
se vuelven agua en el erial.
Fino equilibrio de sudor y solaz
para el alma que siembra su paz.

La nueva hoja despliega su ala,
reza, implora a la nube que caiga
con toda su fuerza y estruendo,
que la acaricie y no se distraiga.

Una lágrima cae y horada la tierra,
se calma el deseo, el río descansa.
Allá en el cielo la piedra ensancha,
colmada con nuestros tropiezos.

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