Amor cada dos por tres

Amar, amar, amar, amar, amar, amor.

Vamos a gastar la palabra amor, cariño.
A fundirnos en la luz y helarnos en el frío de la sombra.
A abrazar los días cínicos y las noches locas.

Vamos a crecer sin chuparnos las raíces.
A hablar del amor como si no fuera nuestro.
A devorarnos la piel de lobo y acto seguido la de cordero.

Vamos a desnudarnos de pasados y futuros.
A jugar a las casitas en medio del bosque.
A darnos la oportunidad de ser imperfectos mujer y hombre.

Vamos a apostar al azar nuestros vicios.
A sonrojar pecados, culpas y religiones.
A desayunar cada día la maldad de todas las canciones.

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Era el árbol más bonito de toda la montaña

Era el árbol más bonito de toda la montaña.
El más inquieto en su reposo.
El más robusto en su debilidad.
El más humilde en su sabiduría.
El más delicioso en su paraíso.
El más libre en sus raíces.
El más antiguo en su inocencia.
El más frondoso en su desnudez.
El más suave en su coraza.
El más alto en su mocedad.
El más brillante en su sombra.
El más huracanado en su respirar.
El más liviano en su ramaje.
El más auténtico en su mentira.
El más anárquico en su ecosistema.
El más ateo en su sacralidad.
El más recto en su declinar.
El más excéntrico en su perfección.
El más hospitalario en su nido.
El más líquido en su corazón.

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La catedral

La pintura formaba parte de la decoración de la casa. Tanto que se había vuelto invisible. Pero no para él. Sentado frente a la televisión, en una penumbra acogedora, las luces y flashes de la pantalla iluminaban con rápidos destellos el cuadro. El partido de fútbol se había desvanecido hace rato ya. No podía quitarle el ojo a esa pintura. Una vista frontal de una catedral, piedra arenisca, y una hilera de espigados cipreses a su izquierda.

No había manera de detenerse en los detalles arquitectónicos. La mano era tosca. Bloques de color que formaban bloques que se elevaban hasta el cielo.

Cerró los ojos y se vio sentado dentro de aquel espacio oprimente. Y, sin embargo, sonreía. Un viento perfumado de incienso antiguo le invadió. En un instante había regresado al lugar donde tantas veces sus pensamientos se habían alineado y puesto en orden. Una paz mentirosa, pero tan parecida a la que ahora experimentaba en medio del bosque, cruzando un reguero de agua, abarcando el tronco de un árbol que le devolvía el abrazo con la sombra de sus ramas.

Debía deshacerse del cuadro. Su novia ya se lo había advertido. Antes del Sabbat de Belotenia. La televisión podía permanecer y ser utilizada con moderación. Esa catedral representa todo lo que nosotros los paganos no somos, le decía. Pero a él le daba paz contemplarla.

No quería más problemas. Se levantó, descolgó la tela y le dio la vuelta. La apoyó contra la pared. Leyó: «No olvides de dónde eres. Con cariño, tu padre».

La madera servirá como base para algún collage, dijo en voz alta.

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