Sinécdoque

Que levanten la mirada los tímidos.
Que paren de hablar los cínicos.
Que se bajen los que ya llegaron a la cima.
Que amen los que aprendieron a pestañear.
Que silben los que hierven la sangre.
Que se mueran los fantasmas.
Que me callen con un beso.
Que canten los latidos y sus pausas.
Que sean felices los días sin noches.
Que me nublen la mirada los que lloran.
Que pesquen sueños de mis venas.
Que sean los que no están.
Que me abran de un portazo.
Que salga volando esta soledad.
Que me desveles con un abrazo de cenizas.
Que me muerdas los porqués.
Que descansen los sofás.
Que me pierdas y te encuentres.
Que sí porque no existen los quizás.
Que me dejen un yo nuevo sobre la mesilla.
Que respiren hasta que los pulmones se encharquen.
Que ya porque no serás tú.

Tan poco tú.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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Un silencio en compañía

Hace muchos años escribí en una hoja que lo que anhelaba en ese momento era un silencio en compañía, no una compañía en silencio.

Las palabras no son proféticas. No se quedan atadas a las venas oprimiendo el riego, no. Las palabras son la sangre, y un cambio de piel no es suficiente para hacerlas desaparecer.

He mudado la piel, he crecido, he estirado la respiración hasta ensanchar los pulmones y encharcarlos de lágrimas. He regalado pedacitos de mí en ofrenda a una compañía que se dejara paladear. Ya no más. El silencio es mi compañía. La soledad no tiene otra salida que salir por patas.

He tendido la mano y han querido leer su futuro en ella. Me he dejado acariciar en una batalla con los elementos y la nube ha sido la única capaz de aferrarme fuerte y elevarme por encima de vientos y pájaros. No hay sonidos para describir la forma en la que me convertí. No hay furia que pueda enmudecer esa suavidad. Adoro este silencio que mueve la boca por mí. Amo esta compañía que se esconde de todos los ojos menos de los míos.

Si me quieres, prepárate a amar a tres.

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