Anestesia

Agáchate, baja tu cabeza,
vas a nacer.
Para tu discurso, escucha,
algo explota.
Muévete con el río de gente,
disuélvete.
Abandona tus cromosomas,
sé un robot.

Soy la anestesia que respiras,
soy el vacío.

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Río blanco

En un río blanco como ese
encontré la corriente oculta
del mar de los deseos.

La piel, húmeda de luz,
sorbía el roce de las almas,
algas de fuego derretidas.

Ya no existía el tiempo,
disuelto como estaba
en memorias de agua.

Brillos, susurros, goces
de antes de conocernos
y de futuras miradas.

En un río blanco como ese
se hunden las generaciones
que aman sin saberlo.

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Ojos color alma

Cuando le conocí no pude distinguir bien el color de sus ojos, su mirada siempre apuntaba al suelo, a sus pisadas, a su ombligo. Él tímido, su ego envuelto en gasas oscuras.

El día que encontré su iris supe que había descubierto un nuevo color de alma. ¿Era la única persona que veía lo maravilloso de esa cortina de luz? Intentaba que no parpadeara tanto, que mirara de frente, pero más sonreía yo, más parecía detenerse su pupila en cualquier objeto menos en la mía. En un plato, en la etiqueta de una botella de vino, en la suela del zapato, en la hebilla del cinturón. Egoístamente desesperanzador.

La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Bueno, yo he tenido demasiadas de esas, y más que perderlas las he ido encontrando a mi paso. He tenido tantas que muchas de ellas transmutaron en paciencias. En las historias siempre pasa algo, en este caso pasaron las típicas y manidas tiempo y espacio. Puede que más del primero que del segundo. Y personas, y bestias, y corazones, y lágrimas, y almas en formación. Pero esos ojos siempre seguían a mi lado aunque cada vez más difuminados. Eran más el tono de la idea de un color.

Y un día llegó, y llegaste, y llegaron tus ojos a mirarse en los míos. Ya no vimos que sonreíamos. Vimos que nos podíamos zambullir el uno en el lago azul del otro y que no nos ahogábamos. Que nos podíamos beber hasta la piel. Que la tuya sabía a alma y que la mía era dulce. Éramos sabios de nuestros colores, tactos y sabores, de los recuerdos que se estaban generando entre esas sábanas.

Somos dos mares. Juntos somos un océano. Ven a mojarte. No luches, yo te meceré en mi corriente. En estas profundidades no sirven anclas. Descorre la cortina. Desnuda tus ojos. Mírame, estoy desnuda en tus ojos.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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