Amor cada dos por tres

Amar, amar, amar, amar, amar, amor.

Vamos a gastar la palabra amor, cariño.
A fundirnos en la luz y helarnos en el frío de la sombra.
A abrazar los días cínicos y las noches locas.

Vamos a crecer sin chuparnos las raíces.
A hablar del amor como si no fuera nuestro.
A devorarnos la piel de lobo y acto seguido la de cordero.

Vamos a desnudarnos de pasados y futuros.
A jugar a las casitas en medio del bosque.
A darnos la oportunidad de ser imperfectos mujer y hombre.

Vamos a apostar al azar nuestros vicios.
A sonrojar pecados, culpas y religiones.
A desayunar cada día la maldad de todas las canciones.

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Arañas en el ombligo

Arañas en el ombligo, hilos de vida. Bésame ahí donde sacudieron sus patas las arañas. A la entrada de la cueva no hay ojos que te vigilen. Eres libre de entrar. Eres libre de tener miedo. Eres libre de invocar a la fiera.

Arañas en el ombligo, piel mancillada. Deja caer pétalos sobre sus ojos. La luz es su pesadilla. No existe un camino, solo una planicie de piel lechosa infinita. Estás atrapado en tu libertad. Estás armado. Di lo que sientes.

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A oscuras

Escribo para mí porque solo yo me quiero.

Escribo a oscuras por si acierto con las letras.

Escribo en cuevas del tamaño de un corazón herido.

Escribo gotas de un río que no puedo ser.

Escribo lo que me dejan contar.

Escribo, y todo se vuelve paz.

Escribo con la mirada alta, casi infinita.

Escribo y se duermen las garras que ayer no se dejaban limar.

Escribo cuando tú dejas de pensar.

Escribo el frío que sacudió mi alma tres horas atrás.

Escribo mas no se abren puertas en este solar.

Escribo tumbada los pensamientos que no logran dormir.

Escribo con las manos atadas a esta minúscula luz.

Escribo y se escapan los tiempos que no viviré.

Escribo de dientes adentro para no morder la vida.

Escribo, y duele. ¡Vaya si duele! Pero escribo por fin.

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Debo, puedo y quiero

Debo dejar un espacio en blanco entre nuestras luces.
Debo añadir un paso en falso a nuestras expectativas.
Quiero deber un beso a cada una de nuestras angustias.
Quiero beber de un sorbo todas nuestras imposturas.
Puedo apostar un sueño a las nubes que nos cubren.
Puedo juntar mis ramas y hacerle un nido a tus alas.

Debo, quiero y puedo.
No hay un por qué, solo un crecer.

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Segundo piso

Era un rellano muy transitado. Ocho ojos, cuatro puertas. Ella bajaba su soledad a pasear. Él subía a tender sus retales de alma al sol.

La rutina que descendía por los peldaños esperaba paciente en el zaguán a que alguien le abriera la puerta para escapar calle abajo.

Ella miraba sus pasos acompasados. Él clavaba la mirada ansiosa en el techo. Se olisqueaban sin querer al cruzarse en el rellano.

«¿Me enciendes la luz de la escalera cuando se apague, por favor? Llevo las manos llenas de tanto pesar».

«Claro», dijo ella. «Espera que suelto el mío».

Y se miraron por primera vez. En el segundo piso.

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