Segundo piso

Era un rellano muy transitado. Ocho ojos, cuatro puertas. Ella bajaba su soledad a pasear. Él subía a tender sus retales de alma al sol.

La rutina que descendía por los peldaños esperaba paciente en el zaguán a que alguien le abriera la puerta para escapar calle abajo.

Ella miraba sus pasos acompasados. Él clavaba la mirada ansiosa en el techo. Se olisqueaban sin querer al cruzarse en el rellano.

«¿Me enciendes la luz de la escalera cuando se apague, por favor? Llevo las manos llenas de tanto pesar».

«Claro», dijo ella. «Espera que suelto el mío».

Y se miraron por primera vez. En el segundo piso.

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Fuego

Cada canción es un pedacito de alma dedicada. Al amor, al horror, al error.
¿Quién te dedicará una canción, amor mío?
¿Quién juntará las rimas que avivan tu corazón?

El fuego siempre está por hacerse, nunca se termina. Déjame ser tus ascuas, reminiscencias de luces lejanas. Quemar las fronteras que separan las manos. Juntarte los labios con palabras recién recogidas de mi lecho. Beber las melodías que brotan de tu pecho. Dormirnos las espirales hasta que se estiren en luz y camino. Déjame ser tu cuaderno de notas rasgadas y disonantes. La inconclusión de todas tus historias proyectadas. Déjame ser borrador, boceto, esquema, esqueleto y proyecto. Déjame ser el fuego fatuo sobre tu tumba.

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Zona de seguridad

Fuera de la zona de seguridad
Una torre de Babel de noticias
Nos informan que estábamos en peligro
Y que nos dejamos caer

Las heridas sangran y celebramos en el bar
Que no nos duelen porque son invisibles
Y mientras tanto nos miramos a los ojos
Ese, nuestro búnker anti-crisis

Cuatro, tres, dos, uno
Sigue el camino de flechas
Tú estás aquí, cada día menos persona
Más número divisible, quebrado y dual

Deja que los billetes fluyan
No hay era ni revolución que se les resista
Finánciate las vacaciones en el chalet de papá
En el otro lado ya desapareció el gras

Un obladí-obladá para antes de dormir
El sueño sigue en los altavoces de la disco
Y qué más hacer que sacar brillo a estas cuerdas
Enroscarse en ellas hasta vivir

No se está tan mal en la ciudad
Con ventanas al mar y a lo que pudo ser
Un huerto salvaje en cada patio
Nos devolverá la fe en nuestras manos

Busca fuera, mira dentro
Sigue el camino de flechas
Tú estás aquí, cada día menos persona
Más número divisible, quebrado y dual

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Torbellino

Y llegaste, torbellino de piel y viento,
arrasando los prejuicios y los errores,
volviendo agua los muros de las cuevas,
descendiendo al mar las plegarias de otro tiempo.

Y escalaste esta montaña de miedos,
piedra sobre piedra, mano sobre mano,
para pintar una nueva luna plena de colores
a imagen del arcoíris atrapado en una lágrima.

Y hablaste un lenguaje nuevo e indómito,
lleno de música en cascadas de silencio,
banda sonora de una paz que acalló los lamentos,
esos testigos sagrados del paso del tiempo.

Y estiraste los límites para medir nuestro abrazo,
inmenso, incontenible de sueños y profecías,
gozoso en la demora, exultante de esperas y ocasos.
Y aquí estás: sueño, cascada y viento en mi mano.

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Labios como almohadas

Que un homenaje nunca fue tan sentido, ni unas ganas tan derrochadas. No se puede negar.

Que ya no hay sombras porque somos todo luz. Que estamos dentro del túnel y ahí nos mojamos.

Que el dolor es guardián de estas cuatro esquinas y nos lame las heridas con fauces abiertas y ojos cegados.

Que somos bellos cuando nos escondemos sobre las nubes. Y qué rápido nos quiere buscar la tierra.

Que es todo tan lento y los besos tan veloces.

Que el sueño nos vela las manos cruzadas y la arritmia de todo lo que palpita.

Que los nombres nos suavizan los huesos y nos liman los recuerdos furtivos.

Que te quedas dentro aunque abra la ventana de par en par. Que me respiras los techos del alma.

Que no es nuevo. Que es añejo este amor. Que llega cansado de vagar los siglos y los océanos.

Que quiero dormir y tus labios son mi almohada.

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