De esas caricias sin roce,
dame mil.
Déjame despeinar,
el orden de tus rizos de sal.
Desde lo sagrado de tus honduras,
perdóname.
Me atrevo
a besarte en la locura de tu tempestad.
Somos hermanos antiguos del cosmos,
montaña y mar.
De esas caricias sin roce,
dame mil.
Déjame despeinar,
el orden de tus rizos de sal.
Desde lo sagrado de tus honduras,
perdóname.
Me atrevo
a besarte en la locura de tu tempestad.
Somos hermanos antiguos del cosmos,
montaña y mar.
Nos quedamos a media vida,
inhalando rápido las luces del mediodía.
El destino hoy se vistió de Carnaval,
a la espera de aplausos y algarabía.
Los huesos se preguntan dónde,
dónde queda el ascensor directo al mar.
Y se arrastran lentos, hipnotizados,
bajo trajes de salitre y cal.
El otro barrio, la favela enamorada,
allí donde el amor brilla y promete,
se esconde entre latas y botellas.
Vacíos contenedores de ilusiones vacías.
La madre llega con la voz fuerte,
para eclipsar todos los micrófonos.
Su hijo muerto le tira de la falda.
Apaga el interruptor. El silencio grita dónde.
Hubo un día que parió una mentira.
Y la mentira tejió sus raíces en el cielo.
Puso el mundo a los pies de su vanidad.
Y llegó alto con su visión de hormiga.
Lo más alto posible,
hasta creerse poderosa.
Hubo otro día que una mentira murió.
Y su savia de horas blancas besó el mar.
Al fin
nació una verdad.
La noche me muestra sus ruinas,
su techo abisal,
las grietas alegres del paladar.
La noche termina de empacar.
Los ojos del ancla
la escoltan hasta el fin del mar.
La noche se desnuda de fronteras,
de banderas y sal.
Duerme el guarda su única verdad.
Soy la última en irse,
la que mira con ojos de gaviota
la tarde esconderse
bajo un manto de arena y noche.
Peleo con el agua de mar
por ver quién tiene el corazón más frío,
quién el sueño lunar,
quién el vuelo más esquivo y sublime.