Nacer

Ella nació en el momento en el que nada tenía sentido. Sus manos desesperadas por caricias manoteaban incansables el aire en rededor. El salitre inundaba todo. Los muros de leche como sus dientes, llenos de palabras y sonidos aun por decir. La música de las hojas despiertas al otro lado de la ventana. Un sol vergonzoso traspasaba el encaje de red de la araña. Primeras visiones que ella no recordará.

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Hay

Hay una lluvia de sol que no me moja.
Hay un paso que no quiere dejar huella.
Hay un camino que se me aparece en sueños.
Hay una caricia en el alma que quema las yemas.
Hay un segundo sin dueño que no quiere pasar.
Hay una palabra que se crea entre dos bocas.
Hay una sinfonía que pone música a mis miedos.
Hay un dolor que crece en soledad.
Hay un perdón que no quiere arrodillarse.
Hay un abrazo que abarca todo mi universo.
Hay una visión que enarbola tu bandera.
Hay un horizonte que perdió su norte.
Hay un día que sueña ser eterno.
Hay un amor que se hace fuerte al llorar.
Hay una posibilidad que habla con las paredes.
Hay un tú que no piensa en mí.

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Croché

Tarde de domingo. Sobremesa. Bajo lámparas de luz difusa.Terciopelo rojo nos acoge. Una música que cesó en el tocadiscos nos mece.

Yo me muerdo las ganas de dormir mientras me aferro a tu nuca.
Tú me llevas atrás en el tiempo como buen trovador aventurero.

Este lugar es nuestro aunque esté repleto de otras almas y más miradas.

Dos cafés. En dos tiempos. Dos vacíos. A dos calores. El color se queda dentro. El amor se empeña en besar el vidrio.

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Mi lugar de pensar

Puedo pasar horas pensando en el mejor lugar para pensar. Abro cajones, ventanas, puertas, y siempre hay algo. Algo que ocupa ese lugar para pensar.

Cierro los ojos, apago la música. No, ahí está el vecino que arrastra la silla. La discusión en el bar de enfrente. Ahí sigue la vida haciendo ruido. Ahí sigue ocupando sitio. Mi sitio para pensar.

Me pongo la cazadora y salgo a la calle. Todo se mueve. Camino hasta el puente. Aquí todo se magnifica. El cielo es más grande, las lágrimas caen a un caudal mayor, los pensamientos vuelan y se posan sobre las copas de los árboles allá abajo. ¿Será ahí dónde podré pensar en paz?

Al fondo se funden los niños en patines con las abuelas con los codos enredados. Miro mis manos, ya no tiemblan. Separo los dedos todo lo que puedo, los estiro dejando escapar rayos imaginarios por mis uñas. Aflojo. Observo el suelo entre mis falanges hasta que se convierten en finos hilos.

Durante lo que me ha parecido un segundo eterno el mundo ha parado su respiración y he escuchado la mía propia. Este debe ser mi sitio, pues. Arranco del banco en el que estoy sentada unas teselas de color.

Regreso a mi calle. La televisión de mi vecino me recibe nada más poner un pie en el zaguán. Hay olor a incienso, a coliflor cocida y a café. Abro la puerta de mi casa, sonrío, el aroma a café es mío. Me tumbo en el sofá. Clavo la mirada en el techo, luego en las piedras de colores, todo se apaga. Y pienso.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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