Un, dos, tres, colapso

El colapso siempre llega antes de que el diez aparezca en el horizonte. En nuestra boca, en nuestras fuerzas, en el corazón. Somos seres débiles y colapsamos cuando más seguros estamos.

Hay colapsos regresivos que nos impiden llegar a la meta, al uno. A la unión. Al ego. Al yo. Al tú. Al éxtasis.

Los hay disléxicos, danzarines, saltimbanquis, de los que se paran sobre los errores del camino, no atinan con el orden y nos ponen perdida la razón y la lógica. Pero siempre llega, el colapso.

El colapso no sabe bailar pero te lleva bien sujeto de la cintura. Te sacude y cimbrea de lado a lado hasta que caes como ficha de dominó.

Hace falta otro colapso para sacarnos del colapso. Algunos necesitan un terremoto, otros una tormenta, y a otros les basta el roce de una lágrima.

Está dormitando mi colapso. Le echo de menos. Voy a empezar a contar: un, dos, tres…

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Retrato

Ella, una hija de la tierra que todas las noches soñaba con elevarse por encima del castillo. Trabajaba duro para conseguirlo. Sus manos, regordetas y encallecidas, no habían trabajado la tierra pero desde su nacimiento imitaban las ramas de las que se colgaba y que le servían de improvisada atalaya.

Plena en carnes y en ideas. Soltera y solitaria por decisión propia, se había curtido con una gruesa capa de ironía con la que se defendía del frío vital y humano. Cuando de hombres se trataba, la capa supuraba aceite que la impermeabilizaba completamente. No podía llorar a la vez. Tampoco era un problema.

Apasionada comedida, porque todo era medible y catalogable, bajos instintos incluidos. Su visión de rayos X sobre cine, música o literatura, chocaba con las disecciones que había perpetrado instantes antes de mirar. La ficción era una realidad donde mecerse, acurrucarse y esperar una pirueta que la despertase de su letargo embrionario.

Soñadora analítica. La voluntad de no permanecer sufriendo en esta vida más de lo indispensable la llenaba de orgullo y de armas bajo la piel. Volar, sublimar, sobreponerse al tedio de mirar con indulgencia a los que la rodeaban. Escapismo ilustrado en un orden sobrio, recatado, mojigato. Una antiestética lucidez imposible de amar si no era debido a lazos de sangre.

Tan altiva que este su retrato se ha escrito desde la última grada de la memoria.

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