Jaula de luz,
sueño de los hombres.
Hasta aquí llega el río
que besa el mar.
Se abre la herida,
las venas de la tierra.
Supuran guerras,
indiferencias, muerte.
Suerte que el océano
lo traga todo.
Jaula de luz,
sueño de los hombres.
Hasta aquí llega el río
que besa el mar.
Se abre la herida,
las venas de la tierra.
Supuran guerras,
indiferencias, muerte.
Suerte que el océano
lo traga todo.
Siempre encuentro las manos que recogen la ropa.
Desafío al vacío, a la desnudez de la calle.
Ventanas sueltas cogidas con pinzas.
Almas reunidas en palomares urbanos.
Mi peso descansa sobre un banco verde
Encadenado al árbol que mira cómo vuelas.
Le encargo a la señora que planche mi melancolía.
No hay paz en estas calles que quiera ser compartida.
Guiño al sol que me levanta la falda.
El mar se eleva, abre sus fauces la luna.
Desgarra el viento las horas y las dudas
De un invierno desencantado que soñó con ser niño.
Lisboa se protege la piel de mosaicos con lluvia.
Brilla sin espejos, se quiebra en silencio.
Regresa a la edad de plata, dormita.
Sufre de amnesia, remonta ríos por inercia.
Encabritados los hombres, reniegan de las mujeres.
Se concentran en manadas, se escudan tras el yugo.
Devoran con avidez los restos de un pasado
Que les encumbró a ciegas a lomos del mundo.
Déjame esa nube de postre.
Algodón dulce puro.
Escúchame entre el enjambre.
Miel y piel y jugo.
Báñame antes del desastre.
Río sin fin oscuro.
Límame el alma, dale lustre.
Hoja de brillo impuro.
Escríbeme desde el hombre.
Franco, invisible, uno.
Vuela y salta sobre mi lumbre.
Consuelo del muro.
Olvida la guerra y el hambre.
Ya no queda mundo.
Dispuesta a encontrar
Me perdí en tu voz
Esa que discurre
Los ríos de tu memoria
Dispuesta a cruzar
Encontré el redil
Verde y azul
De los sueños perdidos
Dispuesta a volar
Quemé las huellas
Sombras de noche
Lumbre azul de galaxias
Dispuesta a empezar
Retorcí el corazón
Vacío y seco ya
Sobre un altar de ánimas
Dispuesta a amar
Jugué a ser niña
Con tiza otra vez
Delinear mis orillas de sal
Cada cierto tiempo, el mar deja de supurar por sus heridas. Es cuando da la bienvenida al dulce río y a las lágrimas de los navegantes. Entrelaza sus corrientes y barre el fondo abisal.
El mar, panza arriba, mira el Sol, y lo desafía con su brillo de espejo. Guiños, verdades, mentiras que las gaviotas toman como señal. Hay que lanzarse. No se puede vivir de espaldas al mar.