Montaña y mar

De esas caricias sin roce,
dame mil.

Déjame despeinar,
el orden de tus rizos de sal.

Desde lo sagrado de tus honduras,
perdóname.

Me atrevo
a besarte en la locura de tu tempestad.

Somos hermanos antiguos del cosmos,
montaña y mar.

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Solo quiero caminar

Solo quiero caminar
hacia el mar de nubes blancas.

Solo quiero respirar
el oxígeno de tus canciones.

Solo quiero proteger
el afecto de los incomprendidos.

Y si el beso quema,
ungiré aceite con sal en mis venas.
Pues no hay vida
sin amor que al alma no duela.

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Rojo por besar

Ella esperaba la muerte
de aquella barra de bar.

Él traía el rojo carmín
de otros labios por besar.

Despojados de dueños,
dos almas a negociar.

La luz de sal abrazaba
sus miedos y felicidad.

Esclavos de sus manos,
la luna quisieron tocar.

Quién paga, quién cobra,
quién sufre al no amar.

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Ojos rojos

¿Por qué lloras, criatura de sal?
¿No sabes que tus lágrimas nunca llegarán al mar?
No habrá comunión, entierro, ni boda la orilla.
Mas eres eterna, vida mía, y rojos, tus ojos, de tanto llorar.
Detén tu llantina, mira, allá hay un cielo que atardece y una quietud invernal.
Unos campos de trigo te quieren acunar.
Esta tarde sopla fuerte el viento, no se cansa de gritar:
¡Vuela alto, ven conmigo, más arriba, allá sobre las nubes,
el abrazo del sol no te soltará!
Y sabrás que no eres dueña de tu agua ni de tu carne mortal.
Y pedirás clemencia por los días malgastados en sollozos y suspiros.
¿No lo ves, mi niña? El perdón es la fuente, el principio y el final.

 

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Dispuesta

Dispuesta a encontrar
Me perdí en tu voz
Esa que discurre
Los ríos de tu memoria

Dispuesta a cruzar
Encontré el redil
Verde y azul
De los sueños perdidos

Dispuesta a volar
Quemé las huellas
Sombras de noche
Lumbre azul de galaxias

Dispuesta a empezar
Retorcí el corazón
Vacío y seco ya
Sobre un altar de ánimas

Dispuesta a amar
Jugué a ser niña
Con tiza otra vez
Delinear mis orillas de sal

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